Por José Manuel Sánchez

Esta es una cuestión que surge de forma habitual en las clases del Centro de Estudios del Coaching donde Mirian Ortiz de Zárate y yo llevamos varios años formando a profesionales que desean hacer del coaching su forma de vida. Es una pregunta que surge frecuentemente en las escuelas de formación en coaching y que muchas veces planteamos los propios profesores.

Cuando hablamos de cual debe de ser el comportamiento del coach en una sesión, hablamos de no manipular al coachee, de no forzarlo a que dé determinadas respuestas, de no juzgarlo y no darle consejos o tratar de solucionar su problema. Esto sin duda son límites a la actuación del coach en la sesión, límites que le impiden dirigir al coachee o condicionarlo. Si el coach ve así limitado su comportamiento, ¿quién dirige entonces la sesión de coaching? ¿Lo hace el coach o lo hace el coachee?

Todos compartimos la idea de que un proceso de coaching empieza siempre con un objetivo, un desafío que el coachee elige trabajar. Y esto es algo que decide él, no lo decide el coach por él, por mucho que en la conversación pueda intuirse que hay otros muchos temas aparentemente importantes que se podrían trabajar.

El coach pregunta al coachee por el desafío. Si hay varios, el coach puede indagar para buscar uno mayor que los englobe, pero siempre, en última instancia, es el coachee quien decide su objetivo y lo verbaliza de forma expresa.

¿Esto significa que el coachee dirige la sesión? No necesariamente. Significa que el coachee manifiesta cual es el destino final al que quiere haber llegado cuando acabe la sesión (en lo referente al objetivo de sesión) o cuando acabe el proceso (en lo referente al objetivo de proceso), pero no significa que el coachee decida cómo va a desarrollarse la sesión o tenga la dirección de la misma.

Veamos entonces el papel del coach. Este, a partir de los objetivos declarados por el coachee, le hace preguntas de exploración, indagación y reflexión para que el coachee se cuestione sus propios esquemas, juicios, creencias o paradigmas. Le hace conectar con sus emociones y revivir escenas desde un lugar diferente. En resumen, por medio de la pregunta y el uso de otras herramientas, consigue que el coachee habite espacios corporales, emocionales y lingüísticos, que antes no se había permitido, para así acceder a nuevas interpretaciones o significaciones de su realidad actual, generando entonces oportunidades de acción o de gestión de sus problemas, no disponibles aparentemente hasta ese momento.

Por el hecho de que el coach haga las preguntas, ¿podemos decir entonces, que es él quien dirige la sesión? La respuesta es sí, hasta cierto punto. Efectivamente el coach, con sus preguntas, orienta en un sentido la sesión a partir de las pautas que determinan el objetivo elegido por el coachee. Pero esto, desde mi punto de vista dista mucho de ser realmente “dirigir la sesión”.

EL coach no espera nada con sus preguntas, se limita a abrir escenarios de oportunidad al coachee, pero no espera que éste los aproveche en un sentido determinado. El coachee reaccionará a las preguntas del coach de manera genuina e imprevisible. En definitiva, el coach no sabe lo que va a pasar en el instante siguiente de la sesión.

Y si el coach no sabe lo que va a pasar en la sesión ¿cómo podemos decir que la dirige? Si no sabe lo que va a ocurrir, no hay control sobre lo que va a suceder. Si hay una dirección, es “poco directiva”.

Es cierto que parte de la dirección de la sesión está determinada por el objetivo que se pone a sí mismo el coachee. Y también es cierto que el hacer determinadas preguntas, abre unos escenarios en la sesión y no otros, donde ésta se desarrolla y todo ello lo está provocando el coach.

Pero ¿quién dirige la sesión? Los dos… ¿cada uno en su parte?

Una sesión de coaching es un encuentro entre dos personas que saben dónde se inicia pero no saben dónde va a acabar. De antemano nadie sabe lo que va a ocurrir en la sesión. Ninguno de los dos seres que la integran sabe qué va a suceder en el instante siguiente.

En cierto sentido podríamos decir que una sesión de coaching se nutre del vacío, de la no intención, de la apertura y la escucha a lo desconocido. Es un encuentro abierto al vacío de la incertidumbre.

El coach experto se presta a este vacío, a lo que surja en el aquí y ahora del momento presente. A ver cómo lo que aflora en la sesión no sólo le sucede al coachee, sino que también le sucede al coach.

La sesión de coaching es un viaje que emprenden los dos seres que participan del encuentro. El coach y el coachee. Un proceso de aprendizaje, de transformación, que va a cambiar e influir a las dos personas. El coach, abierto a la incertidumbre, está inmerso en ese mismo viaje, no es un espectador del encuentro, es parte integral del mismo y como tal se ve afectado profundamente por lo que en ese encuentro ocurre. Un coach se abre a ser transformado con cada sesión de coaching que realiza.

Porque en realidad una sesión de coaching no sucede en el coachee o en el coach. Ni siquiera en los dos a la vez. Una sesión de coaching sucede en el “entre”, entre los dos seres que dialogan. Una sesión de coaching es un encuentro, una cocreación de dos seres que se están creando a sí mismos en la sesión en virtud del otro, de sí mismos y del “entre” que hay entre los dos.

Estamos hablando de un encuentro energético que va más allá de las dos individualidades que asisten a la sesión. Un flujo de energía a la que se abre el coach, para dejar que sus actos y preguntas nazcan en el instante presente a partir de ese espacio generativo que supone el “entre” en la sesión. Ese espacio impredecible donde habitan los escenarios de oportunidad de crecimiento para el coachee y también para el coach. Un lugar sin control, ni seguridad alguna, donde poder experimentarse como seres en el aquí y ahora y habitarse de formas no posibles hasta el momento. Y todo ello se hace real porque ambos seres se dejan ir hacia un lugar desconocido en el que la imaginación y la intuición son las únicas herramientas disponibles.

En mi opinión, esta es la magia del coaching (no exclusiva del coaching, por otra parte). Esa sincronización energética que cocrea un mundo de posibilidades, que conecta al coach con el futuro generativo del coachee y hace posible que éste lo habite y lo experimente, abriendo así la puerta a la oportunidad de un aprendizaje transformacional y un cambio.

Para mí, este espacio generativo, este “entre” energético entre dos seres que se encuentran, es lo que dirige la sesión y lo que hace posible que el coach no sepa en cada instante de la sesión lo que va a suceder en el siguiente, ni cuál será su siguiente pregunta. Ésta surgirá en el momento preciso, emergerá del entre y se pondrá a disposición del coach, que será plenamente consciente de haberla realizado cuando se oiga a si mismo pronunciarla entre sus labios.

Por José Manuel Sánchez, Socio Director del CEC

¿QUIERES INFORMACIÓN?

[contact-form-7 404 "Not Found"]