Por Luis Llorente

Cuando coloco estas dos palabras “miedo y deseo” juntas, no puedo dejar de acordarme de esas escenas de los dibujos animados en las que al protagonista, ante cualquier duda, le aparecía sobre el hombro derecho un angelito con alas y sobre el izquierdo un diablillo con cuernos y rabo, a la manera judeocristiana de representar algo tan básico y nuclear como esta polaridad que establecemos con estas dos emociones.

Normalmente una emoción es consecuencia de la otra. Por ejemplo, sentimos el deseo de adquirir un nuevo coche, más caro y mejor que el que tenemos. Inmediatamente después empieza el rosario de temores: “Es muy caro, no tendré para pagarlo”, “tendré que buscar un garaje para cuidarlo bien”…aunque los deseos también se hacen valer: “el coche actual es demasiado viejo”, “el nuevo tiene una suspensión increíble”… se establece pues una lucha, una discusión mental en la que deseos y temores se van turnando y que puede convertirse en el programa de centrifugado de la lavadora.

El problema del deseo es que nos hace vulnerables porque manifiesta una carencia. Primero la vemos nosotros y después pensamos que la ven los demás . Por otra parte, el primer miedo es esencial y es no conseguir lo que deseamos. Por tanto, deseo y temor van casi siempre juntos y cada uno pone tanto peso en su influencia que lo que provoca al final es desequilibrio y sufrimiento.

Por su parte el temor nos protege de consecuencias indeseables y nos hace a menudo más fuertes para prever peligros posibles. Parte de nuestro miedo está en la zona reptiliana del cerebro y es consecuencia de la penosa existencia que llevaban nuestros ancestros, pero incluso hemos conseguido convertir ese instinto en habilidades automáticas que nos libran de peligros diarios al conducir un coche, al bajar una escalera…El deseo y el miedo son pues consustanciales a nuestra existencia.