Si estás a punto de acudir a una reunión a presentar un proyecto, una solución ante determinada situación o una reorganización de tu equipo, es probable que escuches cosas como: “ten en cuenta que vas a tener que enfrentarte a opiniones contrarias”. Ante un problema o una situación desafiante, también oirás, “tienes que enfrentarte a tu miedo, tienes que enfrentarte a las dificultades o a la adversidad”.

Enfrentarse a algo supone de antemano una serie de premisas. Supone poner límites, defender lo mío frente a lo de los otros. En definitiva, conlleva una lucha y la búsqueda de una victoria.

Si yo me enfrento a algo es para vencerlo y salir airoso y reafirmado. El propio concepto de superar conlleva la imagen de haber quedado por encima. De derrotar a los enemigos. Así, las opiniones contrarias son interpretadas como antagonistas. Como aquello a lo que hay que combatir y derrotar.

Enfrentarse a algo supone de antemano una serie de premisas. Supone poner límites, defender lo mío frente a lo de los otros.

Y efectivamente, hay situaciones en la vida en las que enfrentarse a algo puede ser una posible solución. Cuando no hay un camino de diálogo, decir “no” es un acto de libertad y de poner límites, muy importante. Marcar dónde acaba el otro y sus reivindicaciones y dónde empieza uno mismo, es marcar nuestro ámbito de libertad y nuestra legitimidad como ser humano. Esto en ocasiones solo podemos hacerlo poniendo un límite.

Sin embargo, muchas veces las cosas no son tan simples. No son blanco o negro y las opiniones de todas las partes son igualmente lícitas. Los miedos, los fantasmas de nuestro propio interior, las dificultades de la vida o las discrepancias con el equipo a la hora de introducir modificaciones en la organización del trabajo, no se vencen levantando un límite unilateral o imponiendo nuestro punto de vista.

Nuestros fantasmas del pasado, recuerdos dolorosos, pérdidas o procesos de duelo no van a doler menos o desaparecer por el hecho de negar su existencia.

Las personas que hemos vencido con nuestros argumentos simplemente callan y abandonan, pero no quedan en paz en su corazón. Ceden y alejan sus talentos del proyecto común.

Enfrentarse supone aplastar la realidad, no verla, no darle espacio e imponer un camino que en cierto modo seguiremos recorriendo solos y que no siempre es coherente con la demanda real del entorno.

¿Cómo sería actuar de otra forma?

Si en lugar de enfrentarnos a nuestros colaboradores, nuestros miedos o nuestras circunstancias adversas, decidimos ir hacia ellas desde otro lugar, afrontándolas. ¿Qué consecuencias tendría?

Para empezar la energía con la que abordaríamos el encuentro sería otra. No iríamos a luchar sino a dialogar. A escuchar en primera instancia. A ver el por qué y el origen de esas opiniones contrarias, de ese miedo aparentemente inútil y limitante o de esa circunstancia de la vida tan dolorosa e injusta.
Afrontar supone reconocer al otro y darle espacio. Escucharé vuestras opiniones y en lugar de empecinarme en derrotarlas, me apoyaré en ellas y en las mías en busca de una solución que va más allá de la necesidad de tener razón.

Afrontar supone reconocer al otro y darle espacio.

Afrontando mi miedo, podré mirarlo cara a cara en lugar de arrinconarlo o reducirlo a algo ajeno, lo reconoceré como real y propio y lo atravesaré, sumergiéndome en lo que me traiga, tomándolo y aprendiendo de ello con el fin de seguir adelante.

Afrontando, aceptaré los avatares y reveses de la vida, con la madurez de quien sabe que la realidad es mucho más grande que nosotros y que nuestro camino es aprender de ella para poder mirar más allá.

Nuestra emoción también sería diferente. Enfrentado, yendo al combate, me moverán el miedo y la rabia frente a la oposición, mientras que afrontando, estaré más en la aceptación, la serenidad y la confianza en el proceso, aunque el resultado a veces sea diferente del esperado.

Cuando me enfrento, impongo lo que soy y lo que sé. La realidad queda aplastada por mi idea preconcebida de cómo deben ser las cosas, me pierdo lo que realmente está pasando delante de mí, las opiniones discrepantes, su posible aportación, la comprensión de mí mismo y de lo que hay detrás de mi miedo. Pierdo las oportunidades de aprendizaje y de crecimiento que siempre hay detrás de la adversidad. En definitiva, si me impongo a los demás y a parte de mí mismo, no les veo a ellos, ni me veo a mí.

Cuando afronto aquello que tengo delante y le doy espacio, puedo verlo y escucharlo y la realidad nueva y fresca llega a mí pudiendo transformar algo. Surge la oportunidad de aprender de los demás y de mí mismo, de abrirme y salir de un aislamiento insano, me doy la oportunidad de aprender y de hacer las cosas de manera diferente.

Hay una expresión que uso mucho en mis clases de coaching con los alumnos: “Lo que resistes, persiste”. Aquello que nos empeñamos en destruir, al final se hace más fuerte. Especialmente si se trata de arrinconar nuestro miedo y nuestra sombra. La forma en la que nos relacionamos con las opiniones de fuera, es la misma que usamos para relacionamos internamente. Nuestros fantasmas no se vencen derrotándolos, sino abrazándolos e integrándolos.

Al final se trata de levantar la cabeza, aventurarnos a salir fuera de nuestra aislada seguridad y mirar hacia delante, abiertos a ver sin dobleces la realidad tal y como es, muchas veces discrepante, desafiante y dolorosa. Cuando nos abrimos a afrontar lo que viene, descubrimos que nuestros enemigos externos e internos, son en realidad parte indivisible de nosotros mismos, que nos invitan a crecer.

Mi agradecimiento a Susana Trives, alumna del CEC, por regalarme esta distinción
José Manuel Sánchez, Socio Director del CEC

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