Por Luis Llorente

Los coaches no tenemos por qué ser psicólogos, pero todos a lo largo de nuestra carrera profesional podemos encontrar a clientes con personalidades que son percibidas por la mayoría de los que les rodean como complicadas y que trabajan en organizaciones (con severas consecuencias para éstas habitualmente), arrastrando sus dificultades que se hacen mucho más patentes si hay de por medio un proceso de coaching ¿Qué hacer con estas situaciones? ¿Cómo podemos ayudar desde nuestro lugar de acompañamiento a personas que pueden necesitar otro tipo de ayuda y cómo decidir este hecho?

Como dicen, todos somos “de nuestro padre y de nuestra madre”. Siempre hay algún comportamiento “apasionado” que nos domina sobre los demás, aunque normalmente no nos suponen un problema serio para convivir, trabajar y tener una vida que consideramos normal. Estos desajustes suelen aparecer a lo largo de las conversaciones y es competencia del coach en estos casos, ampliar nuestra apertura y nuestra actitud empática -como si fuéramos un espejo- para que nuestro cliente vaya sabiendo cómo se las gasta consigo mismo. Pero nunca trataremos de señalar lo que nosotros pensamos sobre lo que le lleva a esas maneras de actuar ya que normalmente dejamos que caigan por su propio peso.

Pero algunos casos son especialmente llamativos para el coach. Normalmente lo notamos porque el proceso no sigue las normas y protocolos que solemos establecer y el caos domina las conversaciones. Los objetivos son dispersos y no conseguimos comprometer al cliente en ninguno, mientras se va pasando de un asunto a otro mezclando muchas cuestiones personales que ocupan prácticamente toda la sesión. Nuestras competencias no llegan a resolver las lagunas que descubrimos en el cliente pero nuestro trabajo, al menos, es acompañarle con el menor juicio posible.

En una intervención que hice hace algunos años tuve un proceso que nunca olvidaré. Mi cliente era una mujer aún joven con un currículo irregular pero largo dentro de la compañía. Fui avisado en el informe de sus jefes y compañeros de su carácter y de las dificultades de comunicación que tenía. Trabajaba en el área de logística como supervisora y, según sus colegas, cuando estaba centrada era como una máquina en un almacén que movía más de sesenta mil referencias. Pero la mayoría de las valoraciones iban en otro sentido. Hablaban de que sus ataques de ira eran normales y se quejaban de que a menudo tenía un trato despótico con los subordinados. Como antecedentes personales supe que había perdido un hijo en un embarazo hacía algunos años y le había seguido una separación muy conflictiva. Sus bajas médicas por diferentes motivos (nunca por depresiones u otras de tipo psicológico) eran habituales.

En nuestra primera sesión apenas contestó con monosílabos y su desconfianza no cedió ni un milímetro. Fue un poco más explícita ante la pregunta general de cómo se sentía, qué tal estaba. Ahí me dejó claro que el cómo se encontraba era un asunto personal y que pensaba que esto del coaching era profesional. Fue una sesión complicada, repleta de silencios prolongados que a ella le resultaban incómodos. Su cuerpo no sabía como colocarse y no estuvo en la misma posición más de unos segundos. No miró directamente a mis ojos en ningún momento, procurando mirar al suelo cuando me escuchaba, o al techo cuando me hablaba y solo se mostró interesada cuando establecimos lo que podría durar el proceso y de cómo iban a transcurrir las sesiones.Nuestro segundo encuentro fue completamente diferente. Lo recuerdo porque son de esas sesiones que no se olvidan. Cuando entró en la sala, no quiso sentarse y aún de pie empezó a contarme un conflicto que acababa de tener con otro compañero y su voz fue alzando el tono hasta que se convirtió en gritos incomprensibles, lágrimas y en general en una situación de falta de estabilidad. Intenté calmarla, que se sentara, pero no permitía que me acercara interponiendo sus brazos a pesar de que yo estaba al otro lado de la habitación.

Hizo ademán de salir fuera de la sala un par de veces, pero acabó derrumbándose en una silla y tranquilizando en alguna medida esa gran agitación que traía. Cuando me lo permitió (yo simplemente trataba de estar a su lado, escuchar sus gritos e intentar conectar con mi emoción propia) pudimos hablar unas palabras pero sobre todo se impuso el silencio que mejoró la tensión. Creo que los coaches debemos «abrir al máximo nuestra escucha desde el corazón» y parte de nuestro trabajo consiste en sostener al cliente en esas circunstancias en las que lo necesita, a pesar de que queramos salir corriendo. Para eso, escuchar, dar legitimidad a lo que siente, acompañarle tanto en la furia como en el llanto… todas las maneras son legítimas.

Tras este encuentro hablé con su jefe directo y con la jefa de Recursos Humanos, sin mencionar al cliente en principio, pero conocían el problema y lejos de intentar resolverlo, arrastraban esta situación sacrificando a gente que apenas aguantaba unos meses al lado de esta trabajadora. Los sindicatos eran rigurosos con estas situaciones y todos callaban y miraban para abajo. Les avisé de lo que yo intuía. Necesitaba otro tipo de ayuda personal y además con urgencia. Noté que la tenían miedo, que era lo mismo que les ocurría a sus compañeros. En una sesión improvisada con ambos, hablamos de ese miedo, de lo que le suponía a la empresa y del compromiso de resolver el problema para librar a sus compañeros al menos (esto tuvo mucho peso en el quiebre) de un comportamiento que desordenaba el sistema.

Yo desde luego quería retomar el proceso pero ya con otras intenciones, más de ayuda personal para que su vida pudiera mejorar. Empecé la sesión siguiente intentando dar confianza, trabajando sobre la intimidad que podíamos tener en ese espacio y la sinceridad con que podía desplegar sus emociones y sentimientos. Acabó admitiendo que no era feliz y hablamos sobre la felicidad y sobre qué es lo que ella veía como una situación buena y equilibrada en su vida. Dialogamos sobre si esas situaciones se daban en su vida personal o laboral, y ella vio claramente que no era así. Sus emociones fueron aflorando con mayor facilidad y su cuerpo se relajó mucho más. Noté que en unos minutos un peso había caído sobre ella, una sombra que la envolvía y de la que ella era consciente.

Nos vimos en otras dos ocasiones y adquirimos el compromiso de que trabajara con un profesional de la psicología. Su plan de acción era hacer lo posible por aclararse y acabar con la tormenta que tenía en su cabeza. Y en ello está.

Otras ocasiones, no tan dramáticas como las de mi anterior clienta, han servido para que algunas personas -que dentro del proceso pueden ver con claridad sus “enganches” y sus dificultades-, quieran resolverlos a través de otras técnicas terapéuticas. Creo que el coach debe tener también recursos para ofrecer a su cliente y disponer de contactos profesionales a los que acudir en caso de detectar esa necesidad, siempre que el cliente pida ayuda específica.

Descubrir a algunas personas lo que es la meditación o el mindfullness, o animarles a que trabajen alguna técnica corporal o teatral o bien inicien un proceso de terapia para resolver conflictos antiguos es un éxito para el proceso de coaching que actúa en este caso de disparador de otras necesidades emocionales que afectan a toda la esfera vital de un individuo. Y desde luego, creo que no debemos intentar resolver con el coaching lo que pertenece a otras profesiones.

Pero ¿Cuándo y cómo podemos hacerlo?. Nunca desde nuestro juicio y consejo; debemos actuar siempre a demanda, rellenando alguna pregunta que nos haga nuestro cliente y siempre con esa justificación. Ya sabemos que hacer juicios y dar consejos desde la opinión que irremediablemente nos hemos creado, servirá de poco o de nada.