Puede parecer una contradicción, sobre todo porque muchas de las personas que se acercan al coaching lo hacen precisamente porque disfrutan ayudando a los demás. Son personas a las que otros buscan cuando tienen un problema, que saben escuchar, que se implican y que sienten una curiosidad genuina por lo que les pasa a quienes tienen delante.
Y quizá por eso una de las primeras dificultades que aparecen al aprender coaching tiene que ver con nuestra propia necesidad de ayudar.
Cuando alguien nos cuenta que está pensando en dejar su trabajo, nuestra cabeza empieza enseguida a buscar alternativas. Si nos habla de una relación que no funciona, intentamos entender qué está pasando. Cuando alguien tiene miedo, queremos tranquilizarle. Y si creemos haber visto algo que esa persona todavía no ve, resulta muy difícil resistirse a la tentación de mostrárselo.
Todo esto nace de un lugar muy humano. Cuando alguien nos importa, queremos aliviar su malestar, encontrar una salida, aportar algo que le sirva. El problema aparece cuando esa necesidad de ser útiles empieza, casi sin darnos cuenta, a ocupar demasiado espacio en la conversación. Nuestras hipótesis se mezclan con su historia, nuestras posibles soluciones empiezan a orientar las preguntas y terminamos escuchando desde lo que nosotros creemos que debería ocurrir.
Aprender coaching exige observar mucho este impulso.
Porque estar profundamente implicado en lo que le sucede a otra persona y, al mismo tiempo, dejarle todo el espacio para recorrer su propio camino requiere bastante entrenamiento. Hay que aprender a sostener una pregunta aunque incomode, dejar tiempo para que aparezca una respuesta que quizá tarda en llegar y convivir con esos silencios en los que nuestra primera reacción sería intervenir.
También implica confiar mucho en la persona que tenemos delante.
Confiar en que puede encontrar una respuesta distinta a la que nosotros habríamos encontrado. En que puede tomar una decisión que quizá no tomaríamos. En que incluso puede necesitar un tiempo de duda, confusión o incertidumbre antes de comprender qué quiere hacer.
Esto, que parece sencillo cuando se explica, resulta bastante más difícil cuando tienes a alguien delante.
Porque ayudar nos hace sentir útiles. Encontrar una buena pregunta, detectar algo importante o provocar un momento de claridad produce una satisfacción enorme. Y una parte de la madurez como coach consiste también en aprender a vigilar esa satisfacción, para que nuestras ganas de hacer una buena sesión no terminen interfiriendo en la sesión que esa persona realmente necesita.
Con el tiempo, algo empieza a cambiar en la manera de acompañar. Dejamos de estar tan pendientes de cuánto hemos aportado nosotros y prestamos más atención al espacio que hemos sido capaces de crear para que alguien piense con libertad, se escuche de una manera diferente y pueda mirar su situación desde lugares que hasta entonces quizá no había considerado.
Y posiblemente este sea uno de los aprendizajes del coaching que acaba saliendo de la sala de sesiones y entrando en muchas otras conversaciones de nuestra vida.
La pregunta «¿qué puedo hacer yo para ayudarle?» empieza poco a poco a dejar sitio a otra mucho más interesante:
«¿Qué necesita esta persona de mí para encontrar su propia respuesta?»

SILVIA LÓPEZ-JORRIN
Coach PCC (ICF), formadora y responsable del área académica en el CEC.
Está especializada en Coaching Sistémico, Coaching Corporal y Eneagrama. A lo largo de su trayectoria se ha centrado en el trabajo con la autoestima y la confianza corporal, integrando herramientas que facilitan procesos de transformación profundos y sostenibles.
Licenciada en Empresariales Internacionales (ICADE), combina su experiencia académica con una amplia formación en desarrollo personal.
Certificada en Alimentación Intuitiva, acompaña a las personas a reconciliarse con sus cuerpos y con la comida, ayudándolas a dejar atrás la cultura de dietas y a construir una relación más sana y libre con ellas mismas.
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