ABRIR EL CORAZÓN

Por José Manuel Sánchez

Todos los seres humanos nacemos con un mismo estigma. Somos seres profundamente conectados con el miedo. Desde nuestra llegada a la vida somos conscientes de que la supervivencia no está garantizada. Si no hacemos algo al respecto, no sobreviviremos. Y más allá de conseguir un trabajo o ingresos, la supervivencia la tenemos asociada con la pertenencia. Pertenecer es algo más importante incluso que estar vivo. Nuestros antepasados primitivos tenían la certeza de que si no estaban en grupo, si no pertenecían, no tenían ninguna posibilidad de sobrevivir. Era necesario arriesgar la vida con tal de pertenecer.

Pertenecer, sentir que se nos tiene en cuenta, que formamos parte… todos buscamos esta sensación de tener un lugar. Un lugar en el río de la vida. Un lugar propio que nos permita sentir seguridad y la sensación de no tener que tener una excusa para estar en él y así poder respirar el aire que nos pertenece por derecho.

Pertenecer significa ser visto y ser amado por lo que somos. Ser útil y necesario nos da una pertenencia que no nos llena. Sentir que solo seremos aceptados por lo que hacemos nos causa un tremendo pesar. Una auto exigencia y una tensión constantes de ser excluidos en cualquier momento. Lo que todos ansiamos es sentir que somos amados por lo que somos, tal y como somos, sin tener que convertirnos en otra cosa.

Pero esto no es fácil. Nuestros padres o nuestras figuras parentales son el primer contacto con el entorno y nuestro primer descubrimiento de que este entorno no está diseñado a nuestro servicio y que no hay garantías de ser amado como sentimos que queremos ser amados. Surge entonces la convicción de que nada de esto sucederá si no hacemos algo para manipular el entorno o cubrir las expectativas que este entorno tiene sobre nosotros. Y ahí, se rompe el orden natural del amor. Los padres aman como pueden o saben, arrastrando sus propias necesidades no cubiertas y nosotros empezamos a desarrollar un personaje con aquellas cualidades que creemos nos harán ser amados como deseamos, o que nos permitirán sobrevivir en  la creencia de que ese amor no es necesario.

Todo aquello que consideramos rechazable de nosotros lo escondemos, incluso de nosotros mismos, en nuestra sombra. Allí ocultamos una parte esencial de nuestro ser. Ocultamos nuestra posibilidad de crecer y también muchos de nuestros talentos por considerarlos rechazables. Cerramos nuestro corazón a sentir el orden natural del amor y en su lugar lo sustituimos por una ansiedad de ser vistos y amados que nos convierte en náufragos desesperados buscando un asidero al que aferrarse. Seres mendigando amor y luchando con sus propios fantasmas de cómo debería ser este amor que en el fondo nunca llega.

Nos volvemos ciegos al amor real que si está y sustituimos la realidad por la profunda necesidad de pertenencia y de una forma determinada de amor que nosotros hemos decidido que es lo único que nos la puede dar.

Pero la pertenencia es nuestra por derecho. No proviene de una forma concreta de ser amados. Ocupamos un lugar único en el río de la vida en el que se nos ama y se nos da aquello que nos corresponde y no lo que pedimos como consecuencia de nuestras angustias. Tomar lo que hay es abrirse a la vida. Es abrir el corazón y volver al orden natural del amor.

Abrir nuestro corazón a la incomodidad exterior es el único camino posible de crecimiento. Abrirlo al dolor y al amor. Pues cuando lo cerramos impedimos el paso de las dos cosas. Estamos a salvo del dolor o eso creemos y también del amor real, no del deseo infantil de ser amado de una forma determinada sino el amor real que los seres reales nos manifiestan desde su posibilidad.

Abrir el corazón supone no resignarse a la vida sino tomarla, asentir a la vida tal y como es. Bella y hermosa en todo momento, incluida la incomodidad.

Abrir el corazón duele. Pero es la manera de abrirnos a nuestra sombra. De integrarla en nuestro ser y de mirar lo que hay, lo que somos y nombrarlo. Reconocerlo y amarlo.

Permitirnos abrir el corazón sana. Abrirlo al amor y a reconocer nuestras heridas y nuestros miedos.

Somos seres nacidos en el miedo y esa emoción trascendental nos lleva a actuar de múltiples maneras. Cada una de esas maneras está reflejando lo que somos y el miedo es un extraordinario maestro al que escuchar para aprender a conocernos. Solo escuchando maestros como la rabia, el miedo, la tristeza o la alegría podemos entender lo que somos, quienes somos y así poder aceptarnos y crecer.

Como coaches o terapeutas solo tenemos que amar a nuestros clientes tal y como son y con nuestra presencia consciente, sin ego y desde el amor, crear un espacio de posibilidad para que el cliente abra su corazón y se mire con compasión y mire sus dificultades, sus miedos y todos sus otros maestros y de esta mirada surja un diálogo interno de aceptación y sanación y de ese diálogo, emerja su posibilidad de crecer.

Nos volvemos ciegos al amor real que si está y sustituimos la realidad por la profunda necesidad de pertenencia y de una forma determinada de amor que nosotros hemos decidido que es lo único que nos la puede dar.