Para sobrevivir, los humanos somos seres en constante intercambio con el entorno. No somos autosuficientes sino que formamos parte del ecosistema de la vida que está más allá de nosotros y engloba otros elementos. Así, el simple hecho de respirar es un intercambio básico y fundamental para nuestra supervivencia.

Este intercambio u Homeostasis, también se extiende al fenómeno afectivo. Sin el abrazo y el contacto amoroso, los bebés no pueden sobrevivir y los adultos, en lo más profundo, tampoco de manera plena. El desarrollo y el crecimiento como persona, parten de la base de una fluidez de relación con el entorno y una expresión sana y natural de nuestras necesidades.

Como niños, recibimos de nuestros padres, amor y límites. Esto es sano: una limitación de la expresión de una necesidad infantil puntual no supone un conflicto de crecimiento. Pero cuando las limitaciones a la expresión natural de las necesidades son repetitivas o extremas o son vividas subjetivamente como tales, el niño si siente la castración de esa expresión y la elimina de su repertorio. Esto supone el inicio de una serie de renuncias a la exteriorización de unas necesidades que son parte de él. En definitiva, supone empezar a alienar partes de sí mismo para ir reduciendo su yo a aquella parte que siente que puede o que es aceptable que sea mostrada.

Esto tiene consecuencias corporales. Se inicia una identificación entre lo negado de nosotros mismos y las partes negadas de expresión o movimiento corporal. Esto sucede en parte, porque lo inhibido es en sí una acción o expresión corporal o lo corporal tiene un papel relevante, o simplemente porque la alienación de partes profundas de uno mismo debe ir acompañada de la ausencia de expresión externa, a través del cuerpo, de esas mismas partes o de una actuación corporal acorde al desarrollo de dicha defensa o disociación.

Así, el niño sometido a castigos físicos o amenazas de castigos físicos, con independencia de si se llevaron a cabo o no, termina encorvado, como vuelto sobre si mismo, en un intento de reducir el espacio de piel expuesta al posible castigo.

La estructura corporal flexible y natural en su plena homeostasis, se va viendo poco a poco sustituida por una estructura corporal adaptativa que, a modo de estado compensatorio, busca un lugar de supervivencia compatible con los aspectos negados del yo pleno o integral. De alguna forma, en los más profundo, el ser humano no puede negar lo que realmente es, no puede, de manera definitiva, negarse a sí mismo, así que niega las manifestaciones externas visibles de ese yo negado. Su expresión corporal y emocional.

La estructura corporal adaptativa supone un proceso inconsciente y una consecuencia de nuestra adaptación al entorno nacida de nuestro histórico de experimentación y de nuestra biografía. El niño encorvado no ha tomado esta corporalidad conscientemente para intentar ocupar menos espacio y pasar desapercibido, si bien su actitud emocional y conductual será esta misma.

De igual forma podemos encontrarnos con una mujer o un hombre que poseen un cuerpo grande y firme, con el pecho abierto y endurecido como consecuencia adaptativa a un entorno en el que hubiera obligatoriamente que ser fuerte y las manifestaciones emocionales se considerasen muestras de debilidad. Esta mujer o este hombre no serán conscientes de la imagen que proyectan, consecuencia de su estructura corporal adaptativa diseñada desde el inconsciente para representar fuerza y evitar los ataques. Ellos simplemente no serán conscientes de su dificultad para mostrar sus emociones y aún siéndolo, no entenderán esta dificultad. Buscarán el contacto emocional, el amor y la relación, pero su yo ha quedado tan protegido en un lugar tan profundo, en un núcleo corporal interno, que se ha abierto una brecha entre este lugar i