SE DESATAN LAS PASIONES, ¿O SOMOS TODOS NEURÓTICOS?

Por Luis Llorente

 Algunas pistas para conocer mejor a los demás y conocernos a nosotros mismos.

Cuando yo era un crío y estudiábamos el catecismo y los pecados capitales, la imagen que aparecía en mi cabeza era un patíbulo donde se cortaban las cabezas de los culpables de padecer esos horribles vicios que nos convertían en animales.

Pensar en el término pecado para mí, de educación católica, no era pensar en estar en falta con el prójimo, con la sociedad o con uno mismo sino estar faltando a dios. Ni más ni menos. Claro que, ahí la cosa se diluía un poco porque dios era un término muy lejano y además casi nadie se identifica con ninguno de los pecados. (¿Yo envidioso?, Nooo).

Añadir el adjetivo “capital” colocaba a esta categoría en merecedora de las puertas del infierno. Si, si se era malo, es que se padecía alguno de los pecados de este ranking.

Desde un punto de vista ético-religioso, la clasificación tiene muchas lecturas, pero la más sencilla es la de identificar comportamientos sociales e individuales inconvenientes y darles la carga inquisitorial que merecen para marcar líneas rojas de entrada al paraíso que aparece después de la muerte.

Independientemente de la carga ideológica o religiosa y para lo que nos sirve aquí, podemos transformar la palabra pecado por la palabra Pasión. Porque, sí amigos, los pecados capitales son pasiones de las que disfrutamos todos en mayor o menor medida.

Mi formación, además de en Coaching también ha sido como Terapeuta Integrativo, en el programa SAT. En él se aprende que la neurosis no es un término puramente psiquiátrico con las connotaciones que ello tiene. En términos freudianos asociamos la neurosis a señoras de mediana edad y a padecimientos que tienen que ver con el corte y la insensibilidad emocional, pero desde esta nueva perspectiva, asumimos que carácter y neurosis van intrínsecamente unidos. Esta orientación da una visión general de la cuestión, como voy a tratar de explicar resumidamente.
Como seres humanos, en nuestra vida y en nuestro comportamiento, hay siempre una de esas pasiones que domina a las demás, pero ¡Ojo! Todas están en nosotros en una u otra medida. ¿Dónde nace esa pulsión que nos acerca más a la envidia, o a la ira o a la lujuria, etc.? Pues nace precisamente donde nace nuestra neurosis, de la que todos gozamos o sufrimos.

Independientemente de la carga ideológica o religiosa y para lo que nos sirve aquí, podemos transformar la palabra pecado por la palabra Pasión. Porque, sí amigos, los pecados capitales son pasiones de las que disfrutamos todos en mayor o menor medida.

Entonces, ¿todos somos neuróticos? Claro que sí.

La secuencia es la siguiente: somos apenas bebes cuando tenemos la inseguridad del amor de nuestra madre. Lo deseamos, queremos que todo ese amor sea nuestro y ¿Qué hacemos para conseguirlo?, todo lo que sea necesario porque a esa edad es lo único a lo que podemos aspirar.

Algunos exhiben su ira y lloran y se enrabietan porque descubren que eso llama la atención de la madre que hace lo que sea para parar ese llanto. Otros utilizan lo contrario, la risa (mira mi niño qué simpático es), otros la gula (¡Qué bien come mi niño!) y así podemos ir repasando todos los pecados en función de la cara de nuestra madre acercándose todo lo posible porque hemos conseguido llamar su atención y que sea para nosotros solos. Estamos pendientes de nuestras madres e intentamos no pasar inadvertidos en un mundo lleno de grandes competidores como el padre, otros hermanos, la televisión o un libro.

Cuando descubrimos el “Clic” mágico que hace que la vista y la actividad de la madre sea una exclusiva para nosotros lo convertimos en una varita que nos valdrá para el resto de nuestra primera infancia y, más adelante, intentaremos hacernos visibles (para conseguir cosas, para llamar la atención de los otros) con ese método que ha sido efectivo con nuestra primera relación y que pensamos que va a tener éxito y que, ¡Atención! va a conseguir que todos nos quieran, (neurosis gorda donde las haya porque agradar a todo el mundo es imposible) Así salimos al mundo.

Pero claro, al ser un comportamiento neurótico, poco a poco va deformando nuestro carácter y nos va llevando por el camino de una pasión que, si bien nos ha servido en la tierna infancia, en la madurez se puede convertir en ese ego viciado que nos limita más que nos ayuda.

Así es como debe ocurrir. No es fácil averiguar el pecado/pasión que nos domina, pero si es muy útil para conocernos más profundamente y reparar en lo posible los errores de nuestra neurosis. También tiene aspectos muy positivos que no hay que soltar, porque si, por ejemplo nos domina el miedo, al mismo tiempo seremos personas cautas y comedidas y detectoras sensibles del peligro.

A continuación repasamos las pasiones una a una, teniendo en cuenta que todas están dentro de nosotros, pero alguna de ellas es la dominante. Notaremos que vemos mejor esa dominancia en los demás que en nosotros mismos…ese es el principio del trabajo.

LAS NUEVE PASIONES

 LA IRA: En su aspecto emocional la podemos identificar con el enfado y en el sentido cognitivo con el perfeccionismo.

El dominado por la ira normalmente vive en guardia ante todo y ante todos. Su pasión le llega de cuando en la infancia se arroga más trabajo y más responsabilidades para conseguir lo que todos pretendemos. Como hace más e intenta hacerlo perfecto, puede albergar resentimiento – que es una manifestación clara de la ira – por la injusticia que supone hacer más y mejor que los demás.

La ira genera un entusiasmo por las reglas y las normas y por su cumplimiento estricto. Son “inquisidores” y son críticos pero con una crítica ejercida de tal manera que a veces parece más una colocación de culpas en los demás, generando en el otro desasosiego y sentimiento de fracaso.

Otra expresión de la ira es la exigencia tanto propia como ajena. Pero la más evidente es la ajena que se traduce en sermonear compulsivamente –aunque no proceda- y en limitar la espontaneidad y la búsqueda de placer de los demás para exigirles un trabajo duro y la excelencia continua.  La ira genera intento de dominación de las personas y de las situaciones y por supuesto un perfeccionismo que a veces le lleva a ser perfeccionador.

Freud plantea algo así como La teoría del entrenamiento en el retrete, por considerar que los sujetos dominados por la ira han tenido en su infancia retentiva de sus necesidades básicas –a menudo con estreñimiento-  siendo muy cuidadosos además con la limpieza del retrete. Pero  en el fondo hay una pulsión reprimida por manchar y hacer “guarrerías”.

El dominado por la ira sufre bastante porque siempre está preocupado por la perfección –una quimera- y siente que hace más que los demás, tiene la necesidad de ocuparse de todo lo que esté a su alcance. Sufre por la posibilidad de cometer errores y ser juzgado severamente por ello.

Pero también son personas esforzadas, precisas, con un alto nivel moral y ético. Pueden ser razonadores y comprensivos y efectivos en la distinción de lo importante y lo urgente. A menudo son buenos consejeros, juiciosos y cautos.

No es fácil averiguar el pecado/pasión que nos domina, pero si es muy útil para conocernos más profundamente y reparar en lo posible los errores de nuestra neurosis.

EL ORGULLO: Si volvemos a los pecados capitales, la iglesia Católica lo considera el peor pecado que se puede cometer. El orgullo es una pasión que lleva a la persona a trabajar por el engrandecimiento de la propia imagen y para ello utiliza tanto la adulación ante aquellos que son interesantes para ese auto-engrandecimiento, como  el desprecio y el desdén a aquellos de los que no va a sacar ese rédito. Se apoya en un proceso emocional de enamorarse de sí mismo a través de la identificación con la autoimagen y de la represión de la imagen desaprobada.

En la infancia, se asimilaron con sus padres y ejercieron de pequeño papá o mamá. Crecieron con la idea de servir a otro (padres, hermanos, abuelos), y de ese modo se ganaban su cariño. Complacientes y cumplidores, a menudo niños precoces que llamaban la atención y eran el orgullo de su familia.

El dominado por el orgullo es efusivo y muy expansivo, a veces exageradamente.

En una sesión de coaching una clienta me hablaba de las dificultades de comunicación que tenía con su jefe. “no me escucha, se queda callado y ya está”. Nos pusimos en pie y dramatizamos esa situación. Yo era el jefe y, a medida que ella hablaba, iba invadiendo mi espacio y subiendo el volumen de su voz. Yo, (el jefe) me vi cohibido y ella misma se dio cuenta de cómo “presentaba” sus opiniones a los demás.

El dominado por el orgullo es adulador y necesita sentirse “necesitado”. Son generadores de dependencias y esto les suele llevar a ser manipuladores. Se suelen sentir superiores por la ayuda que prestan y por ello esperan agradecimiento y dependencia. Llegan a creer que sin ellos los demás no sabrían qué hacer. Pueden llegar a ser resentidos si no se les devuelve el aplauso. Creen que la naturaleza y el universo les deben todo lo que reciben. Físicamente son poderosos y tienden a invadir el espacio de los demás.

Pero en su luz, son solidarios, cariñosos, serviciales y generosos. Normalmente entregados a las tareas de manera desinteresada.

LA VANIDAD: Si pensamos en un pavo real que despliega su cola para que todos la vean podemos ver perfectamente  la vanidad. Pero si pensamos en una máscara o en un camaleón también estaremos hablando del  dominado por la vanidad porque siente una preocupación apasionada por  la propia imagen que viene de una pasión por vivir para los demás y no dudará en utilizar el disfraz más conveniente para adaptarse a cualquier medio en el que tenga que vivir.

Todo ese esfuerzo, todo ese trabajo –un trabajo tremendamente intenso- va encaminado al agrado de los demás y en consecuencia al olvido de sí mismo. El “vanidoso” teme el fracaso, la ineficacia y el rechazo que puede conllevar y que implica la desvalorización, por lo tanto desea el éxito para ser aceptado a toda costa.

En su infancia, se le valoró en exceso por alguna cualidad o se le forzó a desarrollarla (ese niño un poco repipi al que le ríen o le valoran lo que hace). Esa competitividad inculcada les hace buscar el reconocimiento en todo lo que emprenden (complejo de superioridad) El niño que adopta esta pasión espera permanentes elogios y gratificaciones, pero a menudo, incomprensiblemente cuando llegan, no sabe recibirlos.

La sanación del dominado por la vanidad es compleja ya que requiere contacto directo con las emociones: cuando el “vanidoso” mira hacia dentro ve un pozo negro sin fondo o, como me decía un cliente “una cúpula de hormigón armado como las que ponen en las centrales nucleares que han estallado”. Por tanto debe recomponer ese mundo emocional a base de trabajo personal muy duro contactando con la autenticidad.

En su peor estado son despectivos y hostiles y a veces sádicos que incluso pueden llegar a torturar (psicológicamente y físicamente), con tal de mantener el estatus   y la imagen deseando ocultar a toda costa su falsedad, disociados de emociones, sentimientos y principios éticos.

Aunque son buenos vendedores y buenos relaciones públicas, siempre que se ocupen de asuntos de los demás. También son buenos compañeros sexuales pues se dedican más a la pareja que a su propio disfrute dándose a menudo rasgos de frigidez.

En su mejor estado son seres eficientes, populares, con alto grado de autoestima. Son personas motivadoras, positivas y buenos líderes. Mantienen  buena presencia  y “saben estar”.

LA ENVIDIA: La envidia es un estado emocional que implica un sentimiento muy doloroso de carencia y un ansia continua de incorporar la bondad al interior de uno mismo, por la sensación  de que hay “un defecto de fábrica”.

Una cliente me comentaba que el sufrimiento que experimentaba no era tanto el “poseer algo que el otro  tiene y tú no, como la eterna y agotadora comparación (negativa) con el resto del mundo”

La envidia  hace que el que la sufre tenga una pobre autoimagen de sí mismo, pues siempre verá mejores valores en los demás. Esto conlleva  otras características como el sentimiento de inadecuación, cierta inclinación a la vergüenza y al sentido del ridículo y sentimientos de “torpe”, “feo”, “podrido” o “venenoso”.

De niños pudieron sentirse (de manera real o ficticia) abandonados o rechazados por el padre o por la madre y, al no tener un modelo claro de identidad de quién aprender  se ensimismaron buscando su propia identidad detrás de las emociones o acudieron  al afecto de otros adultos ajenos a la familia. Se caracterizan en su niñez por ser solitarios, sensibles y rebeldes “silenciosos”.

El dominado por la envidia teme que los demás le vean vulgar o defectuoso y desea llegar a comprender sus propios sentimientos y emociones porque se ve a sí mismo como un ser sensible.

Son imaginativos pero abrumados por ese desborde de imaginación. Frecuentemente descontentos y hasta malhumorados, con rápidos cambios de estado de ánimo. En ciertos momentos despliegan una actividad febril pero poco productiva.

La queja es una seña de identidad y en lado más oscuro pueden llegar a ser consumidores compulsivos (drogas, tabaco, alcohol) o adictos al dolor ya que esta pasión coquetea con el masoquismo. Si se bloquean por algún estado de agonía emocional, se anulan y son incapaces de la acción, lo que obliga a otros a que les protejan y se ocupen de ellos.

En la luz, son creativos, intuitivos y conscientes de sus estados internos. Artistas capaces de transformar cualquier cosa en una obra de arte. Sinceros, simpáticos pero serios a la vez e independientes.

LA AVARICIA: La estructura de este rasgo pasional se basa en la retención. El que está dominado por la avaricia además de carecer de generosidad en cuestiones de dinero, también lo padece en cuestiones de tiempo o de esfuerzo.

La retención también es patente porque se aferran al contenido presente de su mente como si quisieran extraer hasta la última gota de su significado. La compulsión por la avaricia se manifiesta  a través del aislamiento, el retiro o la introspección y esto lo realizan huyendo del vacío, de la carencia.

Suelen ser solitarios y muy orientados a trabajos “autónomos” en los que las habilidades sociales no son muy necesarias. Están más a gusto en la “cueva”.

Temen  ser aniquilados, reducidos y por eso desean comprenderlo todo para tener la certeza de que dominan la situación.

En la infancia parten de una fuerte sensación de inseguridad ante los demás,  provocada por castigos. Su mecanismo de defensa se desarrolló tomando consciencia de la amenaza que potencialmente suponen los otros.

Son coleccionistas compulsivos o fans incondicionales de ciertas actividades que no suponen exposición social (“frikis”) y realizan actividades solitarias como la lectura o la clasificación. Tuvieron pocos amigos en la infancia, normalmente tan poco comunes como él mismo. Son independientes y críticos. Son serios y a menudo se sienten controlados por los demás.

Suelen orientarse a profesiones que requieren un conocimiento profundo, casi arcano como son las tareas de investigación, la informática, analistas, controladores de vuelo, etc.

En su peor estado los dominados por la avaricia están totalmente desvinculados de los demás, son muy reservados y secretistas, y les domina el pánico por no tener nada, por perder lo que tienen.

En su mejor estado, cuando salen de esa “caverna”, son inteligentes, despiertos, de mentalidad abierta, son observadores y muy valiosos porque son sistemáticos, deductivos y prácticos.

EL MIEDO: El miedo, la cobardía, la ansiedad  o la inseguridad, son estados emocionales que padecen determinadas personas más que otras: miedo al cambio, a cometer errores, a lo desconocido, al engaño, a no poder sobrellevar determinadas situaciones, a la soledad…Esta sensación acompaña a este “apasionado” y le impide vivir con normalidad ya que el estado de “alerta” es un estado de estrés y puede condicionar nuestras decisiones y nuestro equilibrio emocional.

El miedo vuelve al cobarde incapaz de estar seguro para actuar. Es un freno ya que el “miedoso” nunca tiene la suficiente certeza y siempre necesitará conocer más. Además no sólo utiliza la inteligencia para resolver problemas sino que también la utiliza para crearlos o anticiparlos.

En su infancia han sufrido poca valoración del padre y la madre, buscando con su actitud el reconocimiento de la autoridad familiar, pero se sintieron en constante peligro por lo que buscaron grupos para defenderse de los demás y se sometieron a la autoridad del jefe. Temían al castigo paterno y además probablemente tuvieron  una madre que, o bien les alertaba continuamente de peligros (“ten cuidado que te vas a hacer daño, vas a coger frío, no hables con extraños…”) o bien les responsabilizaba  y les hacía sentir culpables (“no causes problemas a tu padre, que trabaja mucho..”).

Temen que los rechacen y ser abandonados, que nadie quiera estar con ellos: miedo a quedarse solos. Por eso desean estar muy bien preparados para tener seguridad. Carecen de confianza en sí mismos y se aferran a una figura de autoridad. A veces tienen reacciones agresivas ante las amenazas aparentes: atacar para no ser atacados y a menudo son hipocondríacos como lo era el enfermo imaginario de Molière.

Suelen optar por profesiones jerarquizadas (militares, policía, juristas…) Son empleos que les aportan seguridad y permanencia como puede ser  también el funcionariado. En procesos de coaching trabajamos con el miedo habitualmente: miedo a un jefe con el que mantengo una relación espinosa y que me provoca parálisis en determinados momentos, miedo al fracaso, miedo al ascenso, miedo al cónyuge o pareja, miedo al padre y a todo lo que esa figura puede representar a lo largo de la vida…

El miedo tiene este aspecto limitante del que hablamos, aunque tiene también la vertiente del cuidado y la alerta ante situaciones potencialmente peligrosas y hemos de recordar que nuestra neurosis a menudo nos protege del mundo por lo que el trabajo en coaching se hace contraponiendo el amor como valor de seguridad. En su peor situación tienden a menospreciar a sus congéneres, exageran las cosas y eso les lleva a la angustia; pueden llegar a humillarse ante la figura de autoridad pidiendo protección. En esta peor situación les asoma el deseo de venganza ante la supuesta infravaloración que sufren.

En su “luz”, cuando son conscientes de que la mayoría de sus temores son infundados, son cooperadores, racionales, responsables, cumplidores en el trabajo y se sienten queridos y ayudados.

LA GULA: Todos tenemos cerca a personas “disfrutonas”: extrovertidas, seductoras, expansivas, divertidas, esos que nunca quieren que termine la fiesta, que cuentan los mejores chistes y que siempre tienen una sonrisa, aun en ocasiones en las que no es necesaria.

La gula, sacada de su contexto “cristiano” que se limita a la comida, sería aquí una pasión por el placer. Subyace la idea del hedonismo (evitación del sufrimiento) como trampa que se hace el apasionado por obtener más y más, lo que les provoca la sensación de saciarse y aburrirse pronto de las cosas porque su idea “loca” es ser feliz en todo momento: “estoy bien si estoy contento y tú estás bien si me haces sentir contento”.

Son autoindulgentes y se muestran rebeldes siendo críticos con los convencionalismos sociales que no les permiten el desarrollo de su neurosis. Por eso el “glotón” aprende que ninguna autoridad es buena, pero suele utilizar la diplomacia o el humor en vez de la confrontación auténtica.

En la infancia han tenido que buscar el disfrute fuera del ámbito familiar ya que se han sentido privados del afecto maternal. Han sido niños traviesos, aventureros e independientes, buscando siempre la compañía de otros.  La auto-justificación les ha llevado a mentir para conseguir lo que quieren y han sido niños autónomos y “arrojados”.

Pueden llegar a ser adictos a todo tipo de consumo o placer, insensibles y groseros. También caprichosos, egoístas, locuaces, descarados e impertinentes.

Optan por profesiones “libres” como escritor, periodista o profesiones que nos les hagan estar mucho tiempo sentados y concentrados: trabajos que conllevan aventura o cambios imprevistos.

En su peor estado son maníacos, impositivos y agresivos con un descontrol emocional patente.

Conectados con su esencia son transmisores de alegría y vida, además de ingeniosos, comunicativos y con facultades para animar a otros que lo necesiten.

LA LUJURIA: Como en la gula,  la lujuria no se limita a ese aspecto lúbrico o sexual que se relaciona como pecado capital, sino a la pulsión que subyace en ella. El diccionario de la RAE la califica como “Exceso o demasía en algunas cosas” y por ahí circula el deseo de nuestro adicto a la lujuria.

Al igual que la gula, se caracteriza por la impulsividad y el hedonismo pero en este caso de manera egoísta (no me importa que los demás estén bien, lo que importa es que yo esté bien), además enmarcado en un carácter muy fuerte.

Karen Horney* define a estos apasionados como seres que viven  pensando en que todo el mundo es retorcido y malo y que los gestos amistosos son hipócritas. Por ello suelen mostrar arrogancia y grosería.

El poseedor de la lujuria suele decir eso de “o estás conmigo o estás contra mí”, dejando poco margen a lo que en un momento puedan considerar traición.

Horney  los desvincula del sadismo, aunque habla de que “Se suelen sentir con derecho a que se le respeten sus necesidades neuróticas y a que se tolere absolutamente el desprecio a las necesidades de los demás”. Cuando sus pretensiones no se cumplen pueden llegar a ser vengativos y violentos y de no hacerlo se consideran “blandos”.

Se ven más honestos y sinceros (pudiendo llegar al sincericidio) pues ven hipocresía y cinismo en los demás donde no hay más que habilidad social o tolerancia.

En su infancia desarrollaron un fuerte  rechazo, debido a malos tratos o desatención, y aprendieron a hacerse fuertes y endurecerse para protegerse, ejerciendo presiones para salirse con la suya.

Suelen ser solitarios, controladores y detectores de las debilidades ajenas y pueden llegar a ser violentos verbal o físicamente.

Las profesiones elegidas  suelen ser las que requieren poder y control, aunque la deriva está también en el roce con la delincuencia o el uso de la fuerza.

En su peor manifestación suelen ser “energúmenos”, incapaces de cualquier empatía, capaces de todo por mantener su poder, enemigos de todo aquel que no se someta, y pueden llegar a la paranoia extrema y delirante.

En lo mejor de su esencia son protectores, generosos, colaboradores e incluso heroicos. Fuertes, seguros de sí mismos, líderes natos y emprendedores.

LA PEREZA: La pereza en su sentido general es “Negligencia, tedio o descuido en las cosas a que estamos obligados”, pero en este caso no lo entenderemos en un sentido general sino en lo que supone la pereza de “sentir”, de afrontar emociones, de confrontar.

El perezoso (indolente) desea estar tranquilo y que lo quieran, por lo que se olvidan de sí mismos para acomodarse y no generar conflictos. Su idea mental puede ser: “Estoy bien si juego a tu juego. Estás bien si me dejas jugar a tu juego”. Su compulsión puede ser el “pasar de todo” y que nada perturbe su tranquilidad.

En la infancia recibieron una gran protección y llegaron a una total identificación con los padres, por lo que no aprendieron a ser ellos mismos, no aprendieron a amarse y necesitaron depender de otra persona. Eran buenos chicos que se alejaban de los conflictos, riñas y discusiones, pero al mismo tiempo eso les hacía sentirse insignificantes e ignorados.

Tienen dificultades a la hora de tomar decisiones si estas no van acompañadas de de recomendaciones y consejos de los demás, poniendo a veces directamente esa decisión en manos ajenas. Tienden por ello a dar la razón al otro (no conflicto) y tienen dificultades para emprender por sí mismos.

En el extremo de su pasión, son sumisos y acomodaticios, pasivos y con temor a los cambios y todo lo que implique un problema, haciendo ver a veces que éste no existe.

En el otro extremo son equilibrados, ordenados, pacificadores y capaces de transmitir paz y armonía.

Y ahora, ¿Cuál es tu pasión o tu neurosis?, ¿Cuál es la de tu pareja o tus familiares directos? Feliz búsqueda.

Naranjo, Claudio: “Carácter y neurosis: una visión integradora”, ediciones La Llave D.H., 2007

Horney, Karen: “Our Inner conflicts: a constructive Theory of neurosis”, New York, W.W. Norton & Co., 1992.

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