Por Luis Llorente

Aún me pregunto si trabajar como coach para un cliente que es un político en plena campaña electoral es realmente un proceso de coaching o no. Durante unos cincuenta días estuve acompañando profesionalmente a un candidato a un alto cargo político. Participar en una campaña electoral es como montarse en un tiovivo loco que gira a una velocidad de vértigo, con una actividad frenética para el candidato que soporta como puede a diario una gran presión externa e interna.

Mientras tanto, todo el grupo de trabajo que asistimos al candidato (comité electoral, gabinete de comunicación, asesores personales, estructura del partido y militantes, yo mismo, etc), pedaleamos frenéticamente para mover toda esa maquinaria al servicio de una sola persona y de un programa. Un escenario ideal para el caos perfecto, en el que no hay horarios, ni descansos, ni espacios de reflexión.

La primera conclusión que pude sacar es que un coach que trabaja con políticos en campaña debe tener buena cintura y desde luego una buena capacidad de adaptación y de improvisación porque los escenarios cambian con mucha velocidad y realmente se trabaja sobretodo en objetivos a corto plazo; por tanto, los protocolos de un proceso habitual se despedazan y el trabajo consiste en, a pesar de ese entorno, seguir preservando a brazo partido los pilares del coaching, es decir, que sea el cliente el que infiera, deduzca y decida para no convertirme yo en otro mentor como los que ya tenía alrededor.

En muchas ocasiones se trataba de pequeñas conversaciones previas a ciertos acontecimientos como debates, mitines o entrevistas mediáticas importantes En otras intervenía en el grupo de trabajo y para eso tenía que introducir coaching de equipos. En cualquier caso, creo que el papel de un profesional debe ser muy discreto y es un éxito que el equipo apenas note tu presencia pero que recurran a la presencia del coach siempre que lo necesiten, y os aseguro que es muy a menudo. Por otra parte la confidencialidad exige que sea solo un profesional el que intervenga en esta situación por lo que la carga de trabajo es grande.

Emocionalmente una persona que se coloca como candidato, en esa posición mediática, asume una responsabilidad extrema. No solo va a ser juzgado por un pequeño grupo como podría ocurrir en un entorno ejecutivo o personal, sino que sus reacciones, apariciones en público, discusiones con sus adversarios e incluso vida personal van a estar en boca de muchas personas y muchos medios de comunicación que juzgarán directamente y expondrán al final, como un juicio sumarísimo a través de las urnas, un feedback frío, muy rápido y democráticamente sincero. Por tanto su inestabilidad emocional se dispara y la inseguridad, cuando no el miedo, son sus acompañantes continuos.

Como ejemplo podemos ver la intervención del coaching en la preparación de un debate televisivo. Hoy por hoy, los pilares de comunicación de una campaña son las apariciones en televisión y las redes sociales. Pero los debates y entrevistas en televisión siguen siendo los espacios que más audiencia reciben y en los que el candidato suele poner más empeño.

Solo hay cuatro maneras de afrontar un debate televisivo y Manuel tiene que asumir la más difícil: atacar sin tregua al adversario que ahora tiene el poder.

Diremos que nuestro candidato se llama Manuel y no pertenece al partido que está en el poder y por tanto aspira a conseguir esa primera posición. Cuando nos estamos conociendo y tratamos de consensuar el primer objetivo, el que sale de sus labios sin dificultad es Ganar las Elecciones. Aunque matiza después y lo que desea como objetivo es poder cumplir su programa en el mayor porcentaje posible para mejorar la vida de las personas.

A través de algunas preguntas que acotan el espacio y el tiempo y nos acercan más al suelo, Manuel va destilando otros objetivos más inmediatos que llamamos “batallas” y que se resumen en dificultades de comunicación y en la toma de algunas decisiones. Y vemos también en el análisis de las “herramientas” que le cuesta reconocer su propio poder, el hecho de que él, a pesar de ciertas limitaciones, es el jefe, el que manda y la soledad de ese poder ejerce un peso brutal en la conversación porque sale a relucir el miedo.

Para la preparación del debate en concreto, trabajamos en dos áreas. Por una parte para tomar decisiones sobre los documentos de estrategia que ha preparado el comité: trabajamos cada concepto introduciéndolo en nuestra particular conversación hasta volverlo como un calcetín. Es el propio Manuel el que va sacando conclusiones y tomando las decisiones sobre la estrategia que tiene que tomar. Solo hay cuatro maneras de afrontar un debate televisivo y Manuel tiene que asumir la más difícil: atacar sin tregua al adversario que ahora tiene el poder. Plantea dudas sobre algunas estrategias y finalmente elige lo que van a ser los ejes del su argumentario y las posibles respuestas a determinados ataques que sin duda van a hacerle a él. Mi intervención es “a demanda”, es decir, discreta y siempre desde sus peticiones, sin caer en su continua tentación de que le resuelva yo el problema. Aunque llega un momento en el que descubre nuestro “baile” y se deja ir por esa corriente productiva sin poner muchas pegas.

Por otra parte trabajamos aspectos más personales y de telegenia y comunicación. Descarta posibilidades contestando a las preguntas que planteo y finalmente establece los parámetros en los que se va a mover (no quiere manejar gráficos, solo quiere fichas con una palabra clave, etc). Quiere que su expresión no verbal sea más agresiva y se estudia en qué órdenes van las intervenciones y dónde puede ser más incisivo.

Uno de los trabajos más productivos fueron las conversaciones posteriores a estos verdaderos exámenes que ha de superar un candidato. Mi cliente demostraba aquí una humildad natural y era capaz de analizar y hacer autocrítica, así como valorar con justicia los aciertos. En este “qué ha ido bien y qué ha ido mal”, trabajábamos los errores, (en alguna ocasión desde el humor viendo situaciones ridículas a las que nos podía haber llevado esa equivocación) pero sobretodo él atesoraba lo que decidía que habían sido aciertos. De todo tenía que aprender y una de sus necesidades básicas era mantener las neuronas en orden para retener toda la información que necesitaba para responder a cualquier pregunta de la prensa o de un posible votante con la conveniencia que se esperaba de él. Por ello su esponjosidad al aprendizaje era continua pero le provocaba la insatisfacción de no poder saberlo todo que, a su vez le provocaba una falsa inseguridad.

Con esos mimbres mi cliente fue superando obstáculos y sacando adelante una difícil campaña electoral y, es irrelevante el resultado de las elecciones, pero no lo es el hecho de que pasado un tiempo volviéramos a trabajar juntos (no en una campaña, para eso ya no tengo energía) y sigamos manteniendo una estrecha relación.

Analizando esta intervención profesional tan atípica, me doy cuenta de la verdadera potencia de nuestro oficio, capaz de colarse en cualquier resquicio para ayudar a quien nos lo pide. Mi conclusión es que hay que ser creativo y saber que en cualquier lugar en el que haya relaciones personales y necesidad de avance, ahí podremos intervenir acompañando a nuestros clientes y que no todo el coaching es un despacho y dos sillas…