Por José Manuel Sánchez

Vivir es, en cierto sentido, acompañar a nuestro alma a encontrarse con nuestro espíritu, lo más esencial que realmente somos. Pero el ritmo del crecimiento del alma es un latido desconocido para nosotros y dedicamos una vida entera en su descubrimiento.

Al principio de nuestra existencia nos acercamos al otro con miedo o recelo. Necesitamos afirmar nuestra identidad y si los demás no comparten nuestra mirada sobre el mundo, suponen una amenaza para nuestra necesidad de seguridad y de estar ubicados en el lugar correcto.

Después, algunas personas inician el camino del crecimiento y el desarrollo personal, y el acercamiento al otro se produce con curiosidad, como el que se acerca a otro observador de la realidad que puede enseñarme mucho, del que me puedo nutrir.

En muchas ocasiones el otro es el único modo de seguir sabiendo sobre mí mismo, sobre como soy realmente. Se trata de una forma utilitarista de hacer uso del otro como instrumento para mi desarrollo. En realidad, no estoy viendo a quién me acerco realmente , solo me veo a mí mismo. Si uso este camino, mi crecimiento se vuelve egoísta: la búsqueda del desarrollo personal se convierte en un medio para ser más grande, más brillante, mejor. Para alcanzar una iluminación individualista y llena de vanidad y ego.

Este camino aislado, es parte del recorrido, y al igual que el primero que buscaba reafirmar nuestra identidad, éste busca iniciar el autoconocimiento.

Más adelante en la vida, si reunimos el coraje para hacerlo, iniciamos un viaje hacia nosotros mismos no solo con el deseo de aprender y mirar lo bello y brillante, sino también dispuestos a recorrer lo feo, sucio y maloliente que habita dentro; tender la mano y aceptarlo. Abrir el corazón y poder nombrar lo que hay. Cuando hacemos esto desde un lugar honesto, nuestro yo más egoico cae y deja ver detrás al otro. Ahora si podemos ver a esa persona que tenemos delante de manera plena. Y le observamos con verdadero interés, con el corazón abierto y al servicio. No aconsejamos, no decimos lo que debe hacer, no juzgamos, no damos respuestas que no nos han pedido. El otro reacciona abriendo su corazón y esto produce un milagro.

Este tipo de encuentro al final convierte al otro en nuestro verdadero maestro y nos entrega la llave de acceso a espacios de nuestra alma que estaban inaccesibles para nosotros. Si sabemos mirar, hay personas que nos enseñan un nuevo universo, encuentros especiales que nos hacen sentir la necesidad de crecer y mejorar. Nuestro corazón se abre aún más y tocamos lo más profundo que hay en nuestro interior. Bondad, amor, compasión y gratitud que desconocíamos y que son nuestra naturaleza más esencial.

Así descubro un sentimiento limpio y desinteresado ante la persona que me amó profundamente y después dejó de hacerlo y permito que se aleje con un sentimiento puro en mi corazón y el deseo de que tenga un futuro feliz y libre de sufrimiento.

Así descubro como alguien me ama con una intensidad y generosidad abrumadoras. Y como ese amor me hace desear ser mejor persona para responder desde la libertad y el deseo de felicidad y no desde el apego y el enredo con mis propias necesidades insatisfechas.

Así puedo poner un límite a quién me agrede, pero no necesito sentir odio por él; entiendo su dificultad y puedo amarle desde la humanidad compartida que nos une. Le pongo un límite y puedo soltarle y no enredarme en sentimientos de rechazo y rencor.

Así puedo mirar a los ojos de ese ser querido que llega al final de su vida y se despide, y aceptar desde lo más profundo esa despedida, en el sereno reconocimiento de la gratitud del tiempo pasado juntos y la aceptación del final que el destino a todos nos depara.

El coraje para mirar mi sombra de forma honesta crea la apertura de mi corazón y me abre la puerta hacia el otro y hacia un encuentro profundo con él y esto le permite entregarme la llave que abre, a su vez, el camino hacia mi yo más profundo y mi esencia más luminosa.

Al final, asentir a la vida tal y como es, supone reconocer la coraza que rodea mi corazón, aceptar el latido que debajo permanece y comprender que el ritmo del crecimiento de mi alma depende también del latido del corazón de los demás. Cuando abandono el ego y el yo y me entrego honestamente al servicio del tú, el yo más hermoso y profundo emerge en toda su dimensión y el camino del crecimiento abre un nuevo espacio y humildemente nos invita a seguir el viaje.