Por José Manuel Sánchez

Cambiar es un desafío para cualquier persona. Cuando oímos hablar de cambio, de la necesidad de cambiar, nuestra primera reacción es de cautela. Anticipamos una amenaza, algo que afectará a nuestra tranquilidad y tomamos una actitud de permanecer alerta. Si el cambio necesario es además un cambio profundo de nuestra forma de comportarnos o la manera en la que nos relacionamos con el mundo, nuestra reacción será mucho más fuerte, de defensa e incluso miedo. El cambio es algo que causa incertidumbre. ¿Cambiar hacia dónde? ¿Cambiar hacia qué? ¿Cambiar hacia quién?

Hay cambios más desafiantes que otros. En ocasiones se trata de modificar una simple opinión y otras veces de cambiar creencias o paradigmas a través de los cuales hemos vivido muchos años.

Cuando el cambio supone incorporar algo que no está en conflicto con la idea que tenemos de nosotros mismos, es más bien un acto de añadir, de acumular, que no nos causa zozobra. Como mucho, en ocasiones, este añadir supone un ejercicio de voluntad o esfuerzo en incorporar nuevos hábitos.

Pero hay veces en que estos nuevos hábitos, estos objetivos o deseos que nos marcamos, parecen resistirse, como si no tuviéramos la energía suficiente para afrontarlos y una y otra vez, nos empecinamos en ellos sin éxito. En estos casos, el cambio necesario supone una transformación más profunda que se debe producir en nuestro interior. Sin él, no es posible alcanzar la emoción necesaria para afrontar, con el esfuerzo de la voluntad, ningún nuevo hábito. Se trata de un cambio previo a ese ejercicio de disciplina y un hecho necesario para que esa voluntad pueda salir triunfadora venciendo a la inercia.

Sufrir una transformación de este tipo es probablemente uno de los actos más difíciles de afrontar para el ser humano. Se trata de modificar la forma en la que nos relacionamos con el mundo, con las demás personas, con los desafíos y los problemas diarios. La forma en la que afrontamos las dificultades o los sinsabores de la vida. Modificar nuestra forma de pensar, sentir, desear. Interpretar que mis necesidades y mis deseos son algo diferente. Se trata de realizar un cambio desde el interior que transforme la mirada con la que damos significado a nuestra existencia.

Este tipo de cambio es el desafío de cualquier ser humano. Es el paso inevitable hacia la edad adulta y el desarrollo como persona. Es la llamada del crecimiento que no podemos eludir, aunque muchas veces tratemos de no escuchar.

El cambio es entonces el acto profundo de acoger algo nuevo en nuestro interior. Y el acto previo de dar espacio para que eso nuevo entre y se integre. Ese espacio en nuestro interior se crea haciendo algo que al ser humano le cuesta mucho y que es el auténtico desafío del cambio. Hablamos de soltar. Cambiar significa intercambiar algo entre mi yo y el entorno. Significa incorporar algo nuevo y soltar algo a cambio.

Si el ser humano necesita cambiar para crecer, el ser humano debe aprender a soltar.

Soltar es algo muy difícil para las personas. Supone dejar atrás, retirarse, renunciar… Ni siquiera nuestro cerebro sabe soltar, nosotros no podemos no pensar en algo, solo podemos ocupar nuestra mente en otra cosa, pero no existe la acción de no pensar. No existe la acción cerebral de soltar.

Las personas avanzamos en la vida con una directriz nuclear que llevamos en nuestro ADN y que ha programado nuestro cerebro, que es la necesidad de sobrevivir a toda costa. Esta necesidad de supervivencia en nuestra actividad diaria, la identificamos con la seguridad. Cambiar, soltar, supone hacer un acto antinatural de abandonar la seguridad y arrojarse a la incertidumbre.

El ser humano está llamado a crecer y desarrollarse y cuando la necesidad del cambio ante el conflicto constante entre nuestra realidad y lo que en nuestro interior pugna por salir no es escuchado, cuando no tomamos la iniciativa del cambio, entonces, la vida nos empuja, nos para, nos obliga a mirar donde no queremos hacerlo y nos pone enfrente de nuestro destino. Una enfermedad, un despido, una pareja que se rompe, son ejemplos de cómo la vida nos impone su ritmo y de cómo los cambios están destinados a suceder, como si en nuestro interior, en una parte inconsciente de nosotros mismos ya los hubiéramos iniciado.

Da vértigo lanzarse al cambio, y esto es debido a que en ese cambio siempre tenemos la sensación de que vamos a perder algo. Y esa pérdida es algo que aún no hemos decidido asumir. A veces se trata de la simple seguridad, de mantenernos en nuestra caja de confort, de la garantía de la supervivencia y la necesidad de que las cosas no cambien y sigan siendo predecibles.

En otras ocasiones, hay un beneficio claro en el no cambio. Un beneficio oculto que no tenemos identificado y que no estamos dispuestos a perder. Incluso hay un esfuerzo energético por nuestra parte en dirección contraria al cambio, que persigue el objetivo del inmovilismo para poder mantener este beneficio. Estamos hablando del niño enfermo que permaneciendo en este estado evita la separación de sus padres, o de la persona que necesita hablar mucho, hasta el punto de cansar a los demás, porque tiene miedo de sentirse sola y que no la miren siquiera. O del que siempre está contando chistes y obligatoriamente feliz, desconectado de sus emociones, porque siente que no soportaría el dolor de dejar que los acontecimientos penetren en él.

Estos beneficios son sanos para nosotros y aunque la estrategia para mantenerlos nos supone un coste, ha sido una estrategia válida que debemos honrar antes de soltar. Tomando conciencia de ello, podemos buscar desde el adulto con los recursos que ahora tenemos, nuevas estrategias que nos permitan acceder a esos mismos beneficios y que sean compatibles con el cambio que nuestro ser está demandando. Dejar de estar enfermo, dejar de sentir que los demás me miran como un pesado, dejar de estar obligatoriamente feliz y llevar una vida menos divertida, pero más real.

Sin embargo, la mayor dificultad para el cambio, en muchas ocasiones, tiene que ver con la forma en la que el ser humano aprende y crece en la vida. La identificación. Las personas nos identificamos con lo que hacemos, con lo que pensamos y con lo que sentimos, y a partir de la identificación nos consolidamos en esa seguridad de lo subjetivamente sólido y permanente.

Cuando llega el cambio, se inicia un proceso de desidentificación de lo que somos en ese momento y poco a poco un proceso de identificación de lo que estamos llamados a ser en el nuevo estadio. El nuevo yo al que aspiramos, sigue siendo un yo subjetivo que fabrica de nuevo un escenario de solidez y permanencia irreales, pero que supone un escenario más adaptado a lo que ahora, mi ser, está demandando.

Soltar lo que creemos que somos antes de identificarnos del todo con algo nuevo, supone un salto al vacío. Si dejamos de creer lo que creemos, de actuar como lo hacemos, de sentir lo que sentimos o de tener los pensamientos que tenemos, ¿en qué estamos a punto de convertirnos con este cambio? ¿quién o qué seremos después? Esto da miedo, sentimos que más allá de lo que somos ahora hay un enorme vacío, un vacío en el cual nos diluiremos hasta desaparecer. Un vacío aterrador que nos causa pánico. La parálisis ante el vacío es lo que muchas veces nos impide cambiar y obliga a la vida a empujarnos hacia el abismo a través de esa enfermedad que nos hace parar, ese separación de pareja o el despido del trabajo que necesitábamos dejar y no éramos capaces.

Decía William Faulkner: “Entre la nada y la tristeza, me quedo con la tristeza”. La nada es aún peor para el ser humano que el precio que paga por permanecer en el antiguo yo. El nuevo yo supone un renacer y ello conlleva pasar primero por algo asimilable a la muerte. La muerte de lo que soy ahora, para poder ser algo nuevo.

Sin duda, el coaching, la terapia, la meditación y otras corrientes, ayudan a las personas a entender que no “somos” lo que pensamos, lo que hacemos, ni lo que sentimos y que ese vacío que hay más allá de nuestra actual identificación es un vacío fértil. Que nuestro ser es algo mucho más grande de lo que nosotros estamos capacitados para percibir y que en realidad la transformación no viene de fuera, sino que sucede en nuestro interior. Dejamos que afloren nuevas partes de nosotros que ya estaban dentro y que ahora son las que nuestro desarrollo llama a acudir al nivel de la consciencia.

El cambio no es una meta, no es sólo dejar atrás un yo para afrontar uno nuevo, igualmente perdido en su subjetividad. El cambio es un proceso de vida. Es una evolución constante ajena a nuestros deseos de seguridad. La vida es cambio, nada permanece impermanente. El ser humano no es en realidad un yo y luego otro, el ser humano es el proceso, es el ser en movimiento en transformación constante a todos los niveles y su esencia es la que se genera en el camino de la vida y no la foto fija atrapada en un momento de su devenir.

Al ser humano le resulta imposible no identificarse. Sin embargo, a medida que vamos siendo capaces de afrontar los cambios de forma voluntaria, tomando la iniciativa de los mismos, podemos ir poco a poco acercándonos un poco más a otro concepto de persona.  El de un ser, mucho más amplio y menos fijo y así, de esta manera, quizás, aceptar y asentir un poco más a la aventura de estar vivos.

Por José Manuel Sánchez – Socio Director del CEC

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