Eckhart Tolle dice que para mantenerse presente en la vida cotidiana resulta útil estar perfectamente arraigado en uno mismo, porque, de lo contrario, la mente que tiene una enorme inercia, te arrastra como la crecida de un río.

Ese arraigo no significa egocentrismo. Puede consistir en un hecho maravilloso que la ciencia también ha manifestado a través de la física cuántica: que la conciencia propia, el darnos cuenta de lo que nos ocurre en los más mínimos detalles, es la llave para entender el universo en toda su amplitud, es decir, que  “el camino de lo grande comienza por entender lo más pequeño” que en este caso somos nosotros mismos.

De niños jugamos con las cosas mínimas, somos capaces de abstraernos con un montón de arena o con unas piedras, tocamos su rugosidad, adquirimos su conocimiento con paciencia, estamos mucho más en contacto con el momento que vivimos. Cierto que a esa edad nos falta información para generar los delirios de los que somos capaces con los años, pero además estamos mucho más cerca de la tierra, del desarrollo de nuestro cuerpo y del descubrimiento.

La presencia que nos exige el ser para no dispersarse  podría consistir en vivir el momento presente con la máxima intensidad y con la máxima humildad, como si no hubiera habido pasado y sin mirar tampoco al futuro, como lo hacemos de niños, apreciando las más mínimas cosas que nos ocurren, dándoles toda la importancia que tienen, tratando de realizar las pequeñas labores con impecabilidad poniendo toda la atención en ellas. No es difícil ejercitarse en actos cotidianos como observar con detenimiento, -segundo a segundo- cómo nos duchamos, el tacto de nuestra ropa o el ritual al acostarnos. Tomar conciencia y tener exclusivamente en nuestra mente cada movimiento, cada acción.

En algunos casos el ser, harto de deambular como una mariposa en vuelo caótico, decide arraigarse para dejar de sufrir y renunciar a los aspectos neuróticos que nos apartan del centro de nuestras vidas.

Porque el ser tiene una tendencia inequívoca a  fantasear. Es algo innato que nos lleva a crear ilusiones tan potentes sobre nuestras expectativas, sobre el futuro de nuestra vida o de los que nos rodean, que desdibujan la realidad que vivimos en el ahora. Quizá se trate solo de mantener nuestra conformidad ante lo que llega y mostrar nuestro agradecimiento por recibirlo. Pero la vida cotidiana nos suele hurtar esos momentos en los que nos damos cuenta de las cosas porque pasamos a toda velocidad sobre ellas, pensando en la siguiente, hipotecando nuestra felicidad en valores de futuro sustentados en el pasado. Actuamos como esas personas que nos preguntan alguna cuestión y cuando les estamos contestando no ponen atención a la respuesta porque ya están construyendo la réplica.

En algunos casos el ser, harto de deambular como una mariposa en vuelo caótico, decide arraigarse para dejar de sufrir y renunciar a los aspectos neuróticos que nos apartan del centro de nuestras vidas.

En el peor de los casos,  como es el mío propio, el ser nos hace enfrentarnos a enfermedades graves consecuencia del desarraigo y la desatención, dolencias que nos obligan a estar pendientes de nosotros mismos quizá por primera vez, convirtiendo el precario bienestar en la mayor prioridad. Mi ser, ante una enfermedad muy seria, me volvió muy maniático, rutinario en las costumbres que adopté, pero esto me devolvió la presencia consciente del momento presente, del dolor, de las causas, de las personas e incluso de la culpa. Desapareció a regañadientes el ansia de la velocidad en la vida porque la enfermedad, -o cualquier experiencia extraordinaria de otro tipo- claramente me frenó ante lo que tenía delante y me aconsejó –en mi caso me impuso- estar más atento a lo que de verdad tenía importancia para mí, relativizando la prisa y  olvidando el “empacho” del hacer y hacer.

Creo firmemente que en el desarrollo de enfermedades tan terribles como el cáncer, y desde luego en mi experiencia,  el componente mental es muy importante estando muy convencido de que bajo sucesos personales de este tipo subyace cierto desinterés anterior por el cuerpo, por la alimentación, por el detalle de la vida en definitiva.

En el proceso de coaching, la presencia es muy importante en una doble dirección. El cliente la necesita para llevar al aquí y ahora multitud de cuestiones que pululan en su existencia personal o profesional y la toma de conciencia de la realidad es imprescindible para avanzar en el proceso y alcanzar los objetivos marcados.

Para el coach cuya misión principal es acompañar durante un tiempo limitado en el camino al cliente,  la presencia en la sesión de trabajo es vital. No existe nada fuera de la órbita de él y la escucha activa, la comprensión del lenguaje corporal, los pequeños actos que suceden, nos marcan nuestra presencia. “Cuando estamos suficientemente presentes en la sesión de coaching, la escucha mejora notablemente, aparecen las preguntas adecuadas, encontramos un lugar de calma y estabilidad que nos libera de la impaciencia, podemos tomar más conciencia de las sensaciones corporales, de la comunicación no verbal, nuestra escucha se vuelve mucho más profunda, hay menos juicios, menos necesidad de querer resolver, de dirigir o manipular la sesión” escribe la coach Miriam Ortiz de Zárate

Vivir de manera consciente cada momento puede que nos ayude a mantener un realismo y una actitud ante la vida que nuestra existencia va a agradecer.