LOS JUICIOS: ARMAS AFILADAS DEL LENGUAJE

Luis llorente

Los juicios pululan por nuestras vidas de manera profusa, afectándonos a nosotros y a las personas que tenemos alrededor, condicionando nuestras acciones y nuestros objetivos. Todos realizamos juicios continuamente y somos sujetos del juicio que realizan los demás sobre nosotros. Un juicio es desde un “el café está muy caliente” hasta la crítica más feroz a un compañero, jefe o subordinado. El caso es que los juicios que hacemos dicen mucho de cómo somos y pueden orientarnos hacia la realización de cambios en nuestra manera de relacionarnos con el mundo porque como dijo Salvador Elizondo, “todo juicio se sustenta en nuestras pasiones”

En nuestra vida cotidiana emitimos constantemente sentencias del tipo “El sol ha brillado toda la mañana” o “hace una mañana espectacular” Son expresiones que nos pueden parecer similares, pero en realidad son muy diferentes.  Una es un hecho objetivo, mientras que la  otra es un juicio subjetivo. Esta práctica,  en la que llevamos cientos de años, ha provocado la confusión que existe entre hechos y juicios y cómo les dotamos a éstos de la objetividad y la validez  que no tienen.

Los juicios son declaraciones que hacemos sobre todas las cuestiones y personas que nos atañen, son una verdadera arma del lenguaje que manejamos contra los otros que a su vez también tienen las suyas. Ninguna es la verdad absoluta y ahí empiezan los problemas porque íntimamente tendemos a considerar  que lo que nosotros pensamos si es esa verdad.

Son juicios, por ejemplo, declaraciones tan inocentes como “Pedro es gordo”, “Esta cama es confortable”, “Mi mano es perfecta” No reparamos en que las hacemos ceñidos a cierto ámbito acotado del mundo, contando solo con nuestro criterio y nuestra visión. Así, si mi estándar de peso es que los hombres “deben pesar” determinados kilos, es decir, haciendo alusión a mi “forma ideal”, a Pedro lo considero “gordo”, pero me olvido de  que en otro contexto, (el de los pesos pesados del boxeo por ejemplo), quizá sea “delgado”…

Cuando emitimos un juicio, solemos hacerlo acompañado de un tono de voz y de un lenguaje no verbal que pueden provocar sentimientos de violencia. “Eres un incompetente” es un juicio cuya agresividad es evidente como casi todos aquellos que se dirigen al “ser” de la otra persona. Cuando trabajamos en coaching, buscamos con el cliente sustituir los juicios por hechos objetivos. Así  “Te has equivocado dos veces este mes al presentar el informe” se ajusta más a la realidad y a los hechos desnudos y destensa la situación en la que llamábamos incompetente a alguien quizá de manera gratuita.

No olvidemos que la evidencia que proporcionamos puede ser interpretada por los demás desde diferentes perspectivas que darán diferentes puntos de vista y esto no es fácil de entender para nuestro ego, ante el cual los demás pueden sentirse agraviados o peor, agredidos,  porque siempre hay juicios positivos y negativos y las dificultades llegan cuando tenemos que  asumir los negativos.

Cuando emitimos un juicio, solemos hacerlo acompañado de un tono de voz y de un lenguaje no verbal que pueden provocar sentimientos de violencia. “Eres un incompetente” es un juicio cuya agresividad es evidente como casi todos aquellos que se dirigen al “ser” de la otra persona.

El coaching nos demuestra que el cambio que podemos hacer sobre un juicio es poderoso y abre otras posibilidades: por ejemplo, si creo que algo es imposible “esto no puedo hacerlo” o “me veo incapaz” mi tendencia es a no realizarlo, a pararme en la acción, a apalancarme. Sin embargo, si creo que es posible, la imaginación se dispara, todo se abre y esto me invita a la acción. Los juicios “vienen del pasado, se emiten en el presente y abren o cierran posibilidades para el futuro”

También un proceso de coaching nos puede sacar de errores respecto a los juicios que recibimos de los demás. A veces un juicio nos parece verdadero o válido porque le damos autoridad a esa persona para hacerlo. Esta observación es muy importante porque sometemos y somos sometidos permanentemente a juicios acerca de nuestra actividad por parte de terceros y sufrimos innecesariamente cuando le otorgamos autoridad a quienes no la merecen.

No se trata de ganar, no se trata de quedar por encima y que nuestro juicio triunfe sobre los de los demás. Probablemente debamos entrenarnos en declarar los hechos objetivos, sin una carga personal tan acentuada, en cuestionar casi todo lo que nos hace movernos por creencias arraigadas y darle opción a los juicios y declaraciones ajenas, a recibir con humildad otras opiniones o poder incorporar creencias no limitantes.

Salir a dar un paseo por ahí, sin miedo, estrenando zapatos, con una mentalidad más abierta y receptiva.