Creo que los problemas no existen. Somos nosotros los que, al observar una determinada situación, declaramos: ESTO ES UN PROBLEMA. La palabra problema nos conecta directamente con dificultad, incapacidad, falta de opciones, falta de recursos…

Decimos que algo es un problema cuando no sabemos qué hacer y eso nos hace sentir víctimas impotentes de la situación. De manera que poco a poco nos vemos atrapados en una espiral de desánimo, preocupación, miedo, ansiedad, resignación, impotencia… Sin darnos cuenta de que estas emociones, por sí mismas, tienen un efecto devastador sobre nuestro cerebro, que entra en “modo supervivencia” y se aleja de la creatividad, dejándonos sin energía para encontrar recursos.

De manera que el juicio de que no hay nada que hacer desencadena emociones que nos limitan que, a su vez, retroalimentan el juicio de que, efectivamente, no hay salida. Cuando no sabemos qué hacer ante una situación dada, nuestra atención se centra en la búsqueda de soluciones y entonces nos preguntamos ¿Cuál es LA SOLUCIÓN de este problema? En vez de mirar el infinito mar de posibilidades, centramos nuestra atención, buscando UNA SOLUCIÓN. La correcta. La adecuada para esta situación. En vez de abrir el foco, lo cerramos y de esta manera, nos cerramos posibilidades.

Juguemos un poco con las palabras para observar lo que ocurre cuando, en vez de decir “tengo un problema”, somos capaces de decir “tengo un reto”. Prueba a repetir las dos frases un par de veces o tres. ¿notas la diferencia? El reto nos coloca en otro estado emocional. Hay algo que conseguir, un objetivo. La emoción es diferente, hay interés, curiosidad, optimismo. Nos resulta más fácil encontrar caminos, diseñar un plan de acción. La apertura al aprendizaje es mayor y el cerebro se conecta con más facilidad con recursos y posibilidades.

Cuando planteamos una determinada situación como un reto, identificamos ese lugar al que queremos llegar y podemos preguntarnos ¿Por cuántos caminos diferentes puedo llegar a mi objetivo? Esto nos permite abrir el foco y pensar en nuevas posibilidades. Cuanto más apertura, más opciones surgen y más posibilidades aparecen ante nosotros. ¿Y cómo afecta esta distinción al liderazgo?¿Cómo afecta a su estado emocional vivir las incidencias del día a día como problema o como reto? ¿Cómo afecta a los resultados el abordarlo de una manera o de otra? De manera que, la próxima vez que te enfrentes a una situación compleja, ¿qué vas a decirte? ¿tengo un problema? o ¿tengo un reto?