Hace unos meses conocí a una familia que llevaba tres generaciones al frente de su empresa. La abuela había empezado con una pequeña tienda; el hijo la convirtió en un negocio próspero, y ahora los nietos estaban tomando las riendas.
Desde fuera, todo parecía funcionar, pero por dentro algo se estaba desajustando. En las reuniones, las conversaciones se volvían tensas: el padre seguía opinando sobre cada detalle, aunque oficialmente ya se había retirado; los hermanos discutían por decisiones que nada tenían que ver con números, sino con heridas antiguas —“Tú siempre haces lo que papá dice”, “Nunca escuchas a nadie”—; y la madre, mediadora silenciosa, intentaba que la familia no se rompiera mientras el negocio pedía claridad, estructura y rumbo.
Lo que ocurría allí no era falta de profesionalismo ni de cariño. Era el encuentro de dos sistemas con lógicas distintas: la familia, donde lo que une es el afecto, la historia y la pertenencia; y la empresa, donde lo que guía son los objetivos, los resultados y los roles funcionales.
Cuando estos dos mundos se mezclan sin una conciencia clara, el amor puede confundirse con autoridad, la experiencia con control, y el deseo de cuidar con el miedo a soltar. Y eso no solo pasa en las empresas familiares: también ocurre en muchos equipos, cuando los lazos emocionales —de amistad, de lealtad o de costumbre— se entrelazan con el trabajo.
La mirada sistémica no busca señalar culpables ni decir qué está bien o mal. Nos invita a observar lo que ocurre desde otro lugar. A ver que cada persona actúa desde un papel dentro de un sistema más grande, con reglas invisibles, historias heredadas y lealtades que a veces ni se nombran.
En aquella empresa, por ejemplo, el padre no podía dejar de intervenir no por desconfianza, sino por amor: su identidad estaba profundamente unida al negocio que había construido. Y el hijo no podía asumir plenamente su liderazgo mientras sintiera que hacerlo significaba “desplazar” al padre.
Mientras los escuchaba, podía sentir cuánta necesidad de amor había detrás de cada reproche, cuánta fidelidad silenciosa sostenía los desencuentros. Nada de lo que ocurría era personal: todo respondía a una búsqueda de equilibrio dentro del sistema.
Desde la mirada sistémica, todo empezó a ordenarse cuando pudieron mirar lo que había debajo de los conflictos. No solo quién tenía razón, sino qué estaba intentando cuidar cada uno. La conversación cambió de tono. Dejó de ser una lucha de poder para convertirse en un diálogo de reconocimiento.
Aplicar una perspectiva sistémica es como encender una luz suave en una habitación donde antes solo veíamos sombras. Nos permite comprender los roles que cada persona ocupa —y los que quizá está sosteniendo sin darse cuenta—, reconocer las lealtades invisibles que limitan decisiones, distinguir lo emocional de lo funcional sin perder humanidad, y crear espacios donde se escuche tanto al familiar como al profesional.
En la práctica, esto se traduce en conversaciones más honestas, decisiones más claras y relaciones más sanas. No porque desaparezcan los conflictos, sino porque aprendemos a leerlos como señales del sistema, no como ataques personales.
Esa familia que conocí sigue trabajando junta. No porque lo hayan “resuelto todo”, sino porque aprendieron a mirar distinto. El padre pudo dar un paso al costado sin dejar de sentirse parte. Los hijos se sintieron libres para liderar desde su propio estilo. Y la empresa empezó a respirar otro aire: más ligero, más claro, más vivo.
A veces, cuidar de la familia es poner orden en la empresa. Y cuidar de la empresa es sanar vínculos familiares. La clave está en reconocer que ambos sistemas merecen su propio espacio y su propio equilibrio.
La mirada sistémica no es una técnica más: es una forma de comprender la vida y las relaciones. Una invitación a ver que detrás de cada conflicto hay una búsqueda de pertenencia, detrás de cada resistencia hay un miedo, y detrás de cada sistema, un deseo profundo de equilibrio. Si sientes que en tu empresa —familiar o no— hay algo que se repite, algo que se tensiona o algo que se atasca, quizá no se trate de personas, sino de dinámicas.
Y si acompañas a otros —clientes, equipos o familias— y a veces percibes esas mismas tensiones sin saber muy bien cómo acompañarlos a ver más allá de lo evidente, la mirada sistémica puede abrir un nuevo mapa.
Un mapa que permite mirar con perspectiva, comprender las relaciones invisibles y ver cómo cada parte del sistema está intentando mantener el equilibrio a su manera. Porque la mirada sistémica no busca cambiar lo que ocurre, sino ampliar la conciencia sobre por qué ocurre. Y cuando algo se ve con claridad, el cambio empieza a ser posible…
Mirar con respeto puede ser el primer paso para que todo empiece a fluir. Porque cuando cada uno encuentra su lugar, la familia y la empresa pueden crecer… sin dejar de ser hogar.

ANA GÓMEZ
Coach ejecutiva y de equipos, certificada PCC por ICF.
Formada en: Coaching Sistémico, Eneagrama, Gestión Emocional, Formador de formadores y Coaching de Equipos.
Especializada en el acompañamiento a empresas familiares, donde ayudo a integrar la dimensión relacional y emocional del sistema familiar con los retos estratégicos y organizativos del negocio, facilitando procesos de desarrollo y toma de decisiones más conscientes
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