Todos podemos entender que lo que buscamos en la vida son respuestas. En el colegio, por ejemplo, nos premiaban por dar buenas respuestas y frecuentemente nos regañaban cuando hacíamos preguntas que muchas veces eran valoradas como incómodas o inapropiadas. También como adultos somos más valorados en la medida en que ofrecemos respuestas. Pareciera que vivir en la respuesta es una actitud vital saludable.

No obstante, en esta distinción planteamos que vivir buscando respuestas de manera constante es, en cierto sentido, vivir abiertos a hacernos preguntas. De hecho, lo único que busca respuestas en este mundo, es una pregunta. Una pregunta es una actitud proactiva de búsqueda. Puede además ir acompañada de preguntas adicionales, opuestas, contradictorias, alternativas… una pregunta puede incluso convivir con una respuesta, es su réplica… de hecho se construye sobre respuestas.

Sin embargo, una respuesta no está cómoda con otras respuestas adicionales si no son complementarias. Las respuestas alternativas son incómodas y las respuestas opuestas son, directamente, intolerables. Una respuesta que acepte más preguntas flotando a su alrededor, no será reconocida como una respuesta hecha y derecha.

Una respuesta es una puerta que se cierra, una certeza, un lugar que se esclarece y que queda consolidado. Es una elección, es decir sí, a algo y, como consecuencia, decir no a todo lo demás.

Todos podemos compartir una misma pregunta, sin embargo, en el momento en que empezamos a dar respuestas, nos diferenciamos.  La pregunta es universal, mientras que la respuesta nos divide y nos enfrenta.

Una respuesta bien consolidada, no está interesada en el diálogo o en el debate. Al contrario, prefiere la imposición, porque busca ganar adeptos. No escucha, porque no está dispuesta a ser modificada, no acepta matices, salvo tal vez aquellos que sean complementarios y que no causen conflicto.

Desde esta perspectiva, vivir en la respuesta es vivir en la ilusión de habitar territorios conocidos, escenarios consolidados, con vocación de perennes y rígidos. Es vivir necesitando que las cosas estén controladas, que sean predecibles, que no quede espacio para la incertidumbre.

Sin embargo, vivir en la pregunta requiere mantenerse abierto, indagando en el entorno, buscando otras opciones. Implica estar dispuestos a revisar nuestros escenarios y a modificarlos siempre que sea preciso, es vivir sabiendo que nada puede ser controlado, que el futuro es impredecible y que está bien que sea así.

El hombre que vive y construye su existencia alrededor de las respuestas, no puede dialogar ni escuchar y por tanto sus conversaciones serán de defensa o de ataque y estarán regidas, sobre todo, por el miedo. Difícilmente aprenderá algo nuevo, porque tenderá a negar y a no querer ver nada que ponga en cuestión sus esquemas. El escenario de cada día es una construcción tan sólida y consolidada, que apenas permite ver nada de lo nuevo que está pasando realmente alrededor. Aquello que no está en el guión, no existe. Y cuando esto no es posible, porque la realidad a veces es muy tozuda y nos confronta, entonces su mundo se romperá y entrará en crisis. Esa expresión cotidiana de “se me han roto los esquemas” es un ejemplo de ello: “Yo tenía todas mis respuestas bien colocadas, cada una en su sitio y ahora nada parece encajar”.

El habitante de la respuesta no se relaciona bien con la novedad y lo desconocido, prefiere rellenar estos espacios con respuestas provisionales, incoherentes y falsas, antes que dejar espacio al vacío y a la incertidumbre. En vez de afrontar una pregunta,  preferirá la seguridad de una respuesta global y pacificadora: “Hay cosas que no tienen respuesta y sobre las cuales no hay que preguntarse, son así y punto”. El hecho de declarar que no hay respuesta, es en sí ya una respuesta.

Vivir en la respuesta es vivir en el reduccionismo de la elección de un solo camino. Es vivir el futuro como una proyección del pasado, un espacio controlado y predecible, aun cuando no sea el más deseado, en lugar de aceptar la incertidumbre de verlo como un lugar de infinitas posibilidades.

Nuestros juicios son, en realidad, respuestas. Y nuestras creencias más profundas, más y más respuestas.

Vivir en la pregunta requiere aceptar la respuesta en su justa dimensión, como una explicación, una posibilidad, una alternativa, un juicio, algo sobre lo que podemos construir, siempre que no se convierta en nuestro dueño.

La pregunta es libre, abierta, acepta alternativas y no tiene miedo a escuchar. Es una mirada al futuro, una apertura de mente, corazón y voluntad. Una aceptación humilde de la incertidumbre y de la posibilidad de estar equivocado y fallar.

Se escucha desde la pregunta y se dialoga desde la pregunta. El otro aparece ante mí cuando me aventuro a ir más allá de mi ego, el reino de las respuestas y me adentro en el mundo más allá de mis fronteras, el reino de la pregunta.

Sólo en la pregunta puedo obtener la compañía de los otros, en la respuesta sólo puedo mirarme al espejo de mi propia imagen distorsionada en un monólogo domesticado. Si pregunto y voy al encuentro del otro, podré volver a mí mismo y darle al espejo la oportunidad de devolverme una imagen genuina.

Al final, vivir en la pregunta es vivir sabiendo que cada respuesta es tan sólo una parada en el camino temporal, un lugar de paso, un apoyo puntual en un momento dado que después se disipará para abrir espacio a la siguiente pregunta.