Por Luis Llorente

¿Qué puede hacer que una esponja de mar a seiscientos metros bajo el agua cambie de color y aparentemente se convierta en una piedra sin interés?  El miedo. ¿Qué hace que una señora anciana sea capaz de saltar a lo alto de una silla con una agilidad inusitada al ver un pequeño ratón?, también el miedo. La definición clásica del miedo es  “una sensación de angustia provocada por la presencia de un peligro real o imaginario”.

Dicen que el miedo es hijo de la ignorancia y puede que sea verdad. Pero el miedo es mucho más; es una emoción que nos acompaña desde que nacemos y que tenemos bien identificada por su incomodidad y porque tiende a aplastarnos otras emociones más agradables. Sentimos, sobre todo, miedo a lo desconocido -otra vez la ignorancia-, y es que cuando algo oscuro se racionaliza suele perder en gran parte el elemento atemorizador y perturbador. Horacio nos avisa de que  “Quien vive temeroso, nunca será libre”. Saber nos hace más libres, porque la libertad puede ser la ausencia de miedo.

Pero de lo que no podemos dudar es de su aspecto práctico. Tenemos miedo porque estamos alerta; porque, para sobrevivir, los seres humanos hemos tenido que estar vigilantes y hemos desarrollado esa capacidad –como el resto de las especies- de estar “sobre aviso” ante cualquier eventualidad que se presenta y que nos amenaza o amenaza a los nuestros. Pero claro, la situación emocional que nos provoca suele ser perturbadora, amenazadora, a veces insuperable. Y esto porque, a diferencia de los animales, que padecen el miedo instintivamente, los humanos lo llevamos al pensamiento a través del lenguaje y somos capaces de trascender el proceso bioquímico y realizar un proceso cognitivo.

“No temas ni a la prisión, ni a la pobreza, ni a la muerte. Teme al miedo.” Giacomo Leopardi

Fisiológicamente es todo un entramado que despliega nuestra biología: primero los sentidos captan el foco de peligro, pasando a ser interpretado por el cerebro, y de ahí pasa a la acción el sistema límbico. Este se encarga de regular las emociones de lucha, huida y, ante todo, de la conservación del individuo. Además de todo esto, también se encarga de la constante revisión de la información dada por los sentidos, incluso cuando dormimos, para poder alertarnos en caso de peligro. Y cuando se activa la amígdala, nuestro cuerpo pasa a sufrir reacciones como el aumento de la presión arterial, aumento de la velocidad en el metabolismo, aumento de la glucosa en sangre, detención de las funciones no esenciales, incremento de adrenalina,  aumento de la tensión muscular,  apertura de ojos y dilatación de pupilas.

En definitiva, como si corriéramos la maratón de Madrid perseguidos por una manada de toros bravos. Pero lo cierto es que en muy pocas ocasiones estamos realmente ante un peligro real que implique riesgo para nuestra vida y que, por tanto, necesite desplegar tantas alertas.

En efecto, el miedo fue un recurso imprescindible en las sociedades prehistóricas, ya que salvaguardaba a nuestros antecesores de peligros como los depredadores, las inclemencias del tiempo y demás amenazas, colaborando así a la supervivencia de la especie. Pero a medida que las sociedades fueron avanzando, las grandes amenazas  fueron remitiendo; no obstante,  el miedo quedó instalado en nuestra conciencia, por lo que amenazas de otro tipo fueron utilizadas en muchas ocasiones por los grandes poderes para controlar a las masas o para moldear a las poblaciones a su antojo. Los regímenes autoritarios nos han dejado en la historia algunos ejemplos.

Pero, ¿qué es y qué supone el miedo en nuestra pequeña vida privada? ¿Cómo afecta a nuestro carácter, a nuestras relaciones, a nuestros procesos de toma de decisiones? Eso es lo verdaderamente importante.

Aplicamos el concepto ‘miedo’ a situaciones cotidianas en las que nuestro cerebro reptiliano* reacciona cuando no debería; decimos que “tenemos miedo a encontrar un embotellamiento a la salida del trabajo”, por ejemplo. Pero ¿Es eso  miedo?, el lenguaje nos delata.

Sobrellevar los miedos que padecemos el 90 % de la población es la tarea diaria. Los miedos son reales en la mayoría de los casos (a perder el trabajo o la pareja, o a no contar con la protección de la familia, o a una enfermedad) pero se convierten en pesadillas cuando acrecentamos un miedo de tipo medio hasta convertirlo en insuperable, normalmente  por desconocimiento. Deviene así en un monstruo más grande que la capacidad que creemos tener para superarlo.

Hay otros miedos que podrían ser irracionales, pero que están basados en situaciones que se pueden llegar a producir. Una colega tiene pesadillas porque piensa que puede perder su estatus de funcionaria, alcanzado hace más de treinta años. Curiosamente su padre, (doctor en medicina retirado, con una dilatada y exitosa carrera y trabajando todavía como voluntario en un dispensario)  sigue soñando que no aprueba el examen de derivadas para su ingreso en la facultad. ¿Son racionales estos temores?, ¿responden a hechos que podrían confirmar ambos casos?, por supuesto que sí. En el primer caso, aunque es improbable no es imposible, no así en el segundo caso, pero mientras que para algunas personas esto se convierte en obsesión primero y en miedo insuperable después, en la mayoría no pasa de ser una anécdota.

En un punto extremo estaría el miedo que se convierte en una patología que nos impide llevar una vida normal. Las fobias son una clara muestra de ello. La agorafobia, por ejemplo, es un miedo insuperable a los espacios abiertos que impide a quien la padece salir a más de un metro del umbral de la puerta de su casa.

Si bien el miedo es, en mi opinión, prácticamente inclasificable por su subjetividad, ahí va la tipología más utilizada: ansiedad, estrés, sobresalto, fobia y pánico.  U otra más original: miedo exterior, miedo interior y miedo subconsciente. En cualquier caso, cada uno sentimos nuestros miedos e intentamos superarlos con nuestras herramientas.

Pero en ocasiones necesitamos ayuda para caminar hacia delante, para atravesar con plena conciencia el proceso que conlleva esta emoción tan contradictoria;  y es necesario que de esa travesía se desprenda un aprendizaje precioso al que poder recurrir en otros momentos de nuestra vida.

El coach trabaja a menudo acompañando a clientes con mucho miedo, incluso pánico. Miedo a un jefe con el que mantengo una relación espinosa y que me provoca parálisis en determinados momentos, miedo al fracaso, miedo al ascenso, miedo al cónyuge o pareja, miedo al padre y a todo lo que esa figura puede representar a lo largo de la vida…

El miedo, igual que el amor, es parte de la vida, pero el sistema nos adiestra más a temer que a amar y, por supuesto,  sigue siendo una herramienta que mueve voluntades. Trabajaremos pues con conversaciones que nos lleven a un proceso en el que, en primer lugar, planteamos la toma de conciencia. Cognitivamente, esto nos  ayudará a establecer las bases de ese miedo y sus dimensiones, intentando bajar a tierra todo lo posible. A continuación,  introduciremos preguntas como: “¿Qué harías si no tuvieras miedo?, ¿Con quién estarías?, ¿Cómo sería tu vida?,  ¿A cuántas cosas has renunciado por miedo a fracasar o a ser rechazado?, ¿Qué quieres hacer con tu miedo?”

El segundo tramo del proceso consistiría en el aprendizaje de la gestión de los pensamientos que nos paralizan: identificamos el lugar desde donde surgen y, a partir de ahí, es necesario actuar, ayudar al cliente a que vuelva a pensar de manera racional. Todo ello implica  identificar cuál es la dificultad concreta y, básicamente,  aprender a separar hechos de juicios. Se trata de ayudar a nuestro cliente a mantener el foco sin dispersión, a aislar y limitar la cuestión del resto de elementos que pudieran interferir concentrando la energía.

Seguiríamos caminando juntos hasta el “sentir” para poder deshacer todos los nudos; aquí hemos de estar muy  atentos a todas las señales corporales para localizar las sensaciones físicas e identificar dónde se cortan los canales de energía: la respiración, la postura o dónde carga el peso de su cuerpo serán pistas esenciales para rastrear y manejar los episodios de miedo cuando aparezcan. Es preciso que las emociones negativas se vayan deshaciendo y, en su lugar, aparezcan mecanismos que permitan a nuestro cliente afrontar esas situaciones con serenidad y conocimiento.

Como sabemos, el coaching se dirige a resultados, y para ello es necesario pasar a la acción. En este caso, lo que interesa es soltar, soltar y soltar, abandonar esas creencias que nos llevan a situaciones donde el  miedo nos domina, nos agarra  por los pies y nos impide movernos.

No podemos dejar de recomendar otras prácticas como el mindfulness, la meditación,  la relajación profunda o la risoterapia, que estimulan la aparición de nuevos horizontes y nos acercan más al conocimiento de nuestro ser, de nuestro auténtico yo, con el que seremos capaces de afrontar nuestros miedos de una manera honesta y sincera.

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  • El  pensamiento  «reptiliano» regula las funciones fisiológicas involuntarias de nuestro cuerpo y es el responsable de la parte más primitiva de reflejo-respuesta.

Por Luis Llorente – Espacio Positivo Coaching Granada

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