Un proceso personal de duelo es una situación delicada en nuestro estado mental. Duelo viene de dolor y la pérdida en sí ya es un duro tránsito en el que además de la ausencia de lo deseado o querido, suele venir acompañado de ciertos cambios en nuestra vida, de una reubicación necesaria en el espacio que ocupamos. Normalmente, si la pérdida que nos provoca ese duelo es de gran entidad o impacto (la pérdida de una persona muy cercana, por ejemplo), necesitaremos ayuda terapéutica para profundizar y resolver de otra manera el conflicto.

Pero también es verdad que hay pérdidas menos onerosas, más cotidianas, que nos provocan incomodidades y nos impiden vivir nuestra vida en plenitud: perder el trabajo, acabar una relación afectiva, separarnos de un compañero íntimo de trabajo, perder un objeto muy valioso…Son situaciones que no demandan quizá una actuación más contundente y que encontramos habitualmente en procesos de coaching. El hecho de iniciar un proceso o tratar el conflicto concreto ya es dar un paso adelante en el camino que supone superar las consecuencias emocionales de una pérdida ya sea de tipo personal o de tipo material. El coach tiene que valorar si se precisa derivar el asunto a un terapeuta o puede resolver el problema que plantea el cliente en el curso de las conversaciones.

El coaching trabaja fundamentado en los objetivos que acordamos con nuestro cliente y  en estos casos de duelos habituales es donde quizá es más difícil determinar con precisión las metas que nos formulamos. Es evidente que un objetivo general sería superar la pérdida, pero en ese inicio del proceso quizá es necesario afinar mucho más.

Hace relativamente poco tiempo, trabajando con una cliente surgió el estado emocional que le había supuesto que una compañera de trabajo con la que llevaba casi veinte años colaborando se había jubilado y le había dejado un vacío importante. Así visto parecía un conflicto más de tipo emocional, sin embargo con preguntas como ¿Puedes pensar en alguna persona que pudiera rellenar el hueco de tu amiga?, el conflicto fue derivando a un aspecto mucho más material y práctico, al miedo de verse sola ante el puro trabajo y la necesidad de compartirlo con alguien tan capacitado como su antigua colaboradora. Muchas veces el conflicto en los procesos de duelo está un poco más escondido.

Aunque lo normal es que casi todos atravesemos por los mismos sentimientos en lo que al duelo se refiere.

Porque, ¿Qué es el duelo?
Normalmente el duelo consiste en un sentimiento de pérdida, ya sea una muerte, una ruptura personal, laboral, etc. Cada persona lo afronta de manera diferente y necesita un tiempo diferente porque cada escenario y cada individuo son únicos en la percepción y gestión de las emociones. Pero en general, la pérdida está asociada a sentir dolor y el proceso de coaching puede ayudar a que no sea así contribuyendo en parte al proceso de madurez.

En el duelo se produce un camino que va desde la negación (“no puede ser”, “esto no ha podido pasar y tiene que ser una equivocación” “todo volverá a ser como antes”), pasando por el enfado y la ira: es la rabia con la que nos enfrentamos al hecho que ya va consolidándose como tal y por ello nos enfrentamos a la vida y a los que nos rodean. (echamos culpas a diestro y siniestro o nos culpamos con severidad)

Recuerdo un proceso en el que apareció algo tan inocente como la pérdida de unas llaves. David, mi cliente, no podía admitir el error que había cometido y por ahí aparecieron creencias muy interesantes sobre sí mismo y respecto a la severidad con la que se trataba y con la que , más grave, trataba a los demás. El “ésto no me puede haber pasado a mí” era una auténtica declaración de intenciones, la negación de que como los demás, podía cometer errores. Esa pequeña pérdida y su negación habían supuesto un gran hallazgo para él.

Después de esa negación, intentamos negociar con nosotros mismos para que el dolor sea soportable y caminamos por un camino de desánimo y a veces de depresión para culminar finalmente en la aceptación de esa “orfandad” que se ha creado en el lugar donde estaba el objeto amado.

Es un camino que genera un estrés considerable y nuestro cliente necesita cicatrizar la herida interior para seguir viviendo con normalidad.

Por eso el coach puede trabajar en el reconocimiento de la realidad y de los hechos, para eliminar idealizaciones inciertas que retienen la superación de ese tránsito, además de escuchar empáticamente con una presencia activa, ayudando al cliente a explorar las emociones que le van provocando las diferentes fases del proceso de duelo y también acompañándole en la verbalización de esos sentimientos para colocarse en otra posición respecto a la pérdida.

Podrá intervenir junto con el cliente en la construcción de herramientas y nuevas habilidades que sirvan no solo para ese proceso sino para la reparación de otros “huecos” de su mundo interior. La finalidad es restablecer y aceptar los vínculos que mantenemos con los demás que siguen ahí, soportando nuestro desequilibrio.

El coach deberá quizá atender de manera especial al universo sistémico del cliente y qué es lo que se ha movido o removido en él. En el proceso se tiene que ver muy claro el nuevo mapa incluso de las cuestiones más prácticas (¿Quién va a realizar ahora esa labor?, ¿Cómo puedes sustituir o incrementar otros afectos?, etc).

Es importante observar el cuerpo y las reacciones que tiene en todo este proceso, trabajar la respiración si en algún momento es conveniente o tener la sesión en otro entorno que no sean dos sillones, paseando al aire libre por ejemplo, dando lugar a otros espacios.

Creo sinceramente que a través de un proceso de coaching se puede acortar esa parte no feliz de una situación que nos suele colocar a todos en una posición de dolor y a veces de depresión.