Un proceso personal de duelo es una situación delicada en nuestro estado mental. Duelo viene de dolor y la pérdida en sí ya es un duro tránsito en el que además de la ausencia de lo deseado o querido, suele venir acompañado de ciertos cambios en nuestra vida, de una reubicación necesaria en el espacio que ocupamos. Normalmente, si la pérdida que nos provoca ese duelo es de gran entidad o impacto (la pérdida de una persona muy cercana, por ejemplo), necesitaremos ayuda terapéutica para profundizar y resolver de otra manera el conflicto.

Pero también es verdad que hay pérdidas menos onerosas, más cotidianas, que nos provocan incomodidades y nos impiden vivir nuestra vida en plenitud: perder el trabajo, acabar una relación afectiva, separarnos de un compañero íntimo de trabajo, perder un objeto muy valioso…Son situaciones que no demandan quizá una actuación más contundente y que encontramos habitualmente en procesos de coaching. El hecho de iniciar un proceso o tratar el conflicto concreto ya es dar un paso adelante en el camino que supone superar las consecuencias emocionales de una pérdida ya sea de tipo personal o de tipo material. El coach tiene que valorar si se precisa derivar el asunto a un terapeuta o puede resolver el problema que plantea el cliente en el curso de las conversaciones.

El coaching trabaja fundamentado en los objetivos que acordamos con nuestro cliente y  en estos casos de duelos habituales es donde quizá es más difícil determinar con precisión las metas que nos formulamos. Es evidente que un objetivo general sería superar la pérdida, pero en ese inicio del proceso quizá es necesario afinar mucho más.

Hace relativamente poco tiempo, trabajando con una cliente surgió el estado emocional que le había supuesto que una compañera de trabajo con la que llevaba casi veinte años colaborando s