La conversación de coaching tiene unos ingredientes especiales, que no se dan habitualmente en las conversaciones cotidianas y que se corresponden, en buena medida, con las cinco metacompetencias o cualidades del ser con las que trabajamos en nuestros programas de formación y que forman la base de nuestro modelo:

La Presencia, que nos permite estar plenamente aquí y ahora, presentes para nuestro interlocutor, abiertos a lo que traiga y a vivir la experiencia con lo que emerja, sin necesidad de introducir elementos de control, con total apertura.

Esta capacidad es muy difícil de adquirir y siempre podemos mejorarla. Requiere entrenar nuestra mente, que habitualmente salta de un asunto a otro, como un caballo desbocado, perdida en pensamientos, ideas, recuerdos, sensaciones y emociones, proyectándose al pasado y al futuro.

A través del entrenamiento obtenemos una mente más estable, lo que nos permite una atención mucho más concentrada en el momento presente.

Cuando estamos suficientemente presentes en la sesión de coaching, la escucha mejora notablemente, aparecen las preguntas adecuadas, encontramos un lugar de calma y estabilidad que nos libera de la impaciencia, podemos tomar más conciencia de las sensaciones corporales, de la comunicación no verbal,  hay menos juicios, menos necesidad de querer resolver, de dirigir o manipular la sesión.

La presencia nos permite percibir las reacciones más sutiles a nivel corporal, emocional o mental, tanto en lo que se refiere al cliente como a nosotros mismos.  Podemos darnos cuenta, por ejemplo, de que nos estamos poniendo tensos  o que surge un pensamiento. Y desde esta conciencia, podemos elegir si lo dejamos pasar sin aferrarnos, o si lo utilizamos y lo ponemos al servicio del coaching. Sin esta conciencia, lo que nos ocurre es que reaccionamos de manera inconsciente y nos enredamos.

La Aceptación Incondicional, que nos permite dejar de lado los juicios y dar plena legitimidad a nuestro interlocutor con lo que traiga. Creer en él, confiar en sus recursos, estar en la convicción de que tiene todas las respuestas, que no necesita de nuestros consejos, que puede encontrar el mejor camino para él, por sí mismo.

Aceptación y Amor son dos palabras que están íntimamente relacionadas. Cuando miramos a alguien con aceptación, le estamos mirando amorosamente. Humberto Maturana define el amor como un hecho biológico y social, imprescindible para nuestro desarrollo como personas y para el desarrollo de la sociedad y de la cultura. Y define el amor como “la aceptación del otro como legítimo otro”. Ver al otro como un ser legítimo, es un acto de aceptación y también es un acto de amor.

La aceptación incondicional empieza, necesariamente, por la auto aceptación. No podemos amar adecuada y plenamente a otros si no conocemos la experiencia de aceptarnos profundamente a nosotros mismos. Esto exige estar conforme con ser lo que soy, conocer mis luces y mis sombras y abrazarlo todo.

Decimos que alguien se acepta a sí mismo cuando reconoce sus propias cualidades, cuando toma conciencia de su propio valor, cuando afirma su propia dignidad como persona o cuando posee un yo del que no tiene que avergonzarse ni ocultarse.

Toda persona tiene la capacidad de aceptarse tal como es, independientemente de sus cualidades y de sus defectos o de cómo haya actuado en el pasado. Si se acepta, crecerá como persona, madurará y vivirá la vida en plenitud. Si no se acepta, se estancará, permanecerá inmadura y vivirá la vida como una carga pesada y difícil de llevar.

Obviamente, el coach debe cultivar esta dimensión de la auto aceptación, la aceptación del otro y, de una manera más amplia, la aceptación de todo lo que es, lo cual no significa resignarse o conformarse, es solo que cuando aprendemos a aceptar las situaciones, incluso a agradecer lo que nos traen en términos de aprendizaje, aun cuando nos parezca duro o negativo, estamos en mejor disposición para atravesarlas. Lo que se resiste, persiste. Lo que se acepta, trasciende.

La Escucha profunda holística, que va mucho más allá de las palabras y que nos permite acceder al otro, entender mejor su mundo interpretativo, su mundo emocional, sus necesidades, sus puntos ciegos, sus automatismos y también sus recursos, sus fortalezas, sus prioridades y motivaciones, su propósito de vida.

Cuando escuchamos a alguien con presencia y con aceptación incondicional, entonces la escucha se vuelve mucho más profunda. Más allá de la escucha activa, que nos ofrece una serie de técnicas que podemos entrenar, la escucha profunda está íntimamente ligada a las dos competencias anteriores.

Para escuchar es necesario hacer silencio y para lograrlo, necesitamos desarrollar mucha presencia.  Solo entonces conseguimos que nuestra mente se calme, que el ruido mental disminuya y que los juicios queden suspendidos.

Por otra parte, Rafael Echeverría nos dice que lo esencial de la escucha es la apertura y, para poder escuchar con apertura, necesitamos dejar el miedo fuera, porque cuando sentimos miedo, nos protegemos y nos cerramos. El amor, sin embargo, es lo contrario del miedo, es apertura, es confianza, es aceptación incondicional.

Cuando escuchamos profundamente, con presencia y con aceptación incondicional, se produce el milagro del contacto y en este contexto, es donde sucede el coaching.

La Autenticidad, que nos facilita la compleja tarea de ser nosotros mismos, conscientes de nuestros límites, capaces de expresarnos con claridad, con autenticidad y de manera genuina con lo que nos ocurre, sin intentar seducir o manipular o conseguir lo que necesitamos o deseamos con la actitud del niño. Sino al contrario, supone vivir en el adulto, utilizando el lenguaje del adulto.

La autenticidad, en este contexto, es más bien una actitud, no tanto una cualidad. Tiene dos dimensiones: una dimensión interna, en la que somos capaces de darnos cuenta de lo que nos está ocurriendo (gracias a la presencia). Y otra externa, que es cómo nos relacionamos, qué hacemos luego con eso que detectamos que nos ocurre (gracias a las habilidades conversacionales).

La dimensión interna de la autenticidad requiere de la presencia. Solo si ponemos atención en nosotros mismos, tomaremos conciencia de nuestras reacciones, sensaciones, percepciones, y nos daremos cuenta de lo que nos está ocurriendo, en el aquí y ahora. Este es el flujo de la experiencia, con el que hemos de estar en contacto constante.  La autenticidad en coaching precisa de esta presencia para poder mantenernos en nosotros mismos y evitar la tentación de escondernos detrás de una máscara de profesionalismo, evitando “que se nos vea”.

La dimensión externa de la autenticidad, tiene que ver con la gestión que yo hago de todo lo que detecto, puedo decidir dejarlo pasar, sin aferrarme, y continuar así presente en la experiencia, o puedo decidir utilizarlo y ponerlo al servicio de mi coachee. Esto es, expresar una sensación, una intuición, una emoción, incluso un pensamiento, con transparencia.

El desarrollo de la autenticidad, en su dimensión externa, requiere el desarrollo de las habilidades conversacionales necesarias para expresar pensamientos e ideas, hacer valer nuestras opiniones, prioridades, valores, aquello que es importante para nosotros. Realizar peticiones y reclamos, aprender a decir NO, a poner límites, a pedir ayuda y expresar necesidades. Compartir emociones, especialmente lo que nos asusta, nos frustra, nos entristece… y también lo que nos alegra, nos da paz, seguridad, plenitud o calma.  Reconocer y compartir nuestras vulnerabilidades: errores, puntos débiles, aquello que nos avergüenza.  Celebrar y compartir nuestros éxitos, etcétera.

Y finalmente, la responsabilidad. Igual que decíamos que la autenticidad es una actitud, podríamos decir que la responsabilidad es un hecho. Somos responsables, lo queramos o no, de nosotros mismos. Podemos escondernos, justificarnos, echar balones fuera… pero somos responsables de lo que hacemos y lo que evitamos hacer, de lo que sentimos, de lo que negamos, de lo que deseamos… somos responsables de la vida que vivimos, de nuestras elecciones, de las consecuencias, somos responsables de lo que nos ocurre.

De alguna manera, el coaching es un proceso hacia la responsabilidad. El cliente va haciéndose poco a poco más consciente de su propia responsabilidad y encontrando así los recursos necesarios para llevar su vida adelante, alcanzar sus objetivos, crecer y desarrollarse.

El coach trabaja desde esta conciencia y devuelve al coachee, una y otra vez, su responsabilidad. De esta manera lo empodera, porque hay una relación muy estrecha entre responsabilidad y empoderamiento. Cada vez que el coachee toma conciencia de sus pensamientos, de sus emociones, de sus automatismos, cada vez que evitamos darle un consejo, cada vez que internamente nos decimos: creo en ti, creo que tienes los recursos necesarios, le estamos ayudando a hacerse responsable y al hacerlo, le estamos empoderando.

El coachee se hace responsable y se empodera cuando hace un cambio de observador y ve una determinada situación, desde un lugar nuevo; cuando habla en primera persona; cuando toma conciencia de un pensamiento limitante, una creencia, un mandato nuclear; cuando toma conciencia de una incongruencia, una contradicción o conductas evitativas; cuando toma conciencia de cómo se siente y  aprende a expresar emociones; cuando entra en contacto consigo mismo; cuando desarrolla auto aceptación y aceptación incondicional para con los demás.

El coach, por su parte, ayuda al coachee a hacerse responsable y le empodera cuando evita darle consejos y opiniones personales, cuando le confronta, cuando le mira como a un ser completo y pleno, con aceptación y confianza, cuando cree en sus recursos, cuando sabe que tiene fuerza suficiente para llevar adelante su vida, cuando le invita a pensar más grande, a ir más lejos, a atreverse, cuando le ayuda a generar y desarrollar su plan de acción, cuando le apoya y le reconforta en los momentos difíciles y celebra y felicita en los momentos de éxito.

No podemos hacernos responsables de lo que no vemos, lo que nos negamos, aquello con lo que no estamos en contacto. Hacernos responsables, por tanto, es una consecuencia del darnos cuenta, pero también tiene mucho que ver con la aceptación y con la autenticidad, porque no podemos hacernos responsables de aquello que rechazamos de nosotros mismos y que no nos atrevemos a mirar de frente. Es evidente que existe una íntima interrelación entre las cinco competencias, la ventaja de esto es que cada avance que hacemos en una de ellas, repercute en todas las demás.

Estas cinco metacompetencias son intrínsecas a todos nosotros, son cualidades del ser que afloran cuando empezamos un proceso de crecimiento personal y cuando nos entrenamos como coaches. Tanto la metodología del trabajo, independientemente de la escuela en la que nos formemos, como la práctica con los clientes de coaching, hacen que progresemos en estas cinco metacompetencias.  La sesión de coaching nos ofrece la mejor oportunidad de poner atención y mantenernos presentes, de mirar con amor incondicional a nuestro cliente, de practicar una escucha cada vez más profunda, de tomar conciencia de la dimensión interna y externa de la autenticidad y, en suma, de trabajar en la responsabilidad y el empoderamiento de nuestros clientes.

Por este motivo es tan importante la actitud de aprendiz de la que siempre hablamos y que un coach debe mantener durante toda su vida profesional. Siempre hay una posibilidad de avanzar, de mejorar, de profundizar.

Finalmente, una última reflexión. De una u otra manera, nuestros clientes también desarrollan estas competencias durante su proceso de coaching. Se hacen más conscientes de sí mismos y de sus necesidades, intereses, emociones, automatismos y, con ello, desarrollan también la responsabilidad, la aceptación incondicional, la autenticidad, la presencia y la escucha.

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