Por Luis Llorente

“el organismo lo sabe todo. Nosotros sabemos muy poco. La intuición es la inteligencia del organismo”

Fritz Perls

 

En una época en la que nos hemos rendido al poder del algoritmo, ese extraño sistema que utilizan las grandes compañías que manejan nuestros datos, la intuición no es más que nuestro “algoritmo” privado que en un instante nos da soluciones inmediatas a situaciones que se nos presentan cotidianamente.

A todos nos ha pasado alguna vez que no sabiendo el por qué, hacemos caso a una voz interior y poderosa que sobresale a cualquier otro deseo y que hace que cambiemos nuestro comportamiento acostumbrado por una “corazonada”.  Una amiga que iba caminando hacia su casa decidió, en un instante de lucidez, y sin saber por qué,  variar el recorrido habitual. Ese mismo día se enteró de que una tapia en mal estado cayó sin aviso justo en el momento en el que ella habría pasado por el recorrido acostumbrado y que podría haberla aplastado. Otras personas han sido capaces de no tomar un vuelo de avión teniendo ya la tarjeta de embarque y se han librado de un accidente. Hay intuiciones que nos indican que un allegado está en peligro o incluso su fallecimiento.  ¿Es magia?, o ¿es que a veces respondemos a ciertas fuerzas que nos hacen comportarnos de determinada manera y no sabemos la causa?

Para la Real Academia de la lengua, la intuición es la facultad de comprender las cosas instantáneamente, sin necesidad de razonamiento. Alejandro Unikel escribe que” todos sabemos que tenemos intuición aunque le pongamos diferentes nombres” pero no es más que “un conocimiento que surge sin seguir el camino racional para su construcción y formulación y por lo tanto no se le puede dar una explicación y a menudo no puede ser verbalizada”.

Para Buda “la intuición y no la razón es la que atesora la clave de las verdades fundamentales” y Jung nos dice que es “la función psíquica que percibe las posibilidades inherentes al momento presente, que nos permite ser conscientes del sentido de una situación que vivimos”.

la intuición es la facultad de comprender las cosas instantáneamente, sin necesidad de razonamiento

Y para ello nos ofrece pistas, rápidos mensajes que provienen de nuestro más profundo interior y donde podemos acceder a una gran base de datos de la que no somos conscientes en su totalidad. Para sentirla, abandonamos nuestro pensamiento racional para captar mediante palabras, sensaciones o imágenes el mensaje que contradice nuestro hábito. La intuición, en su manifestación quizá más cotidiana, nos permite leer entre líneas y conocer o interpretar los sentimientos de los demás, al margen de sus palabras y no debemos confundirla con temores suscitados por el miedo, con deseos o con fuerzas ocultas y  extraordinarias.

Es una facultad que hace que nos enamoremos perdidamente de otra persona o que sintamos recelos y aversión por otras, por eso se dice que proviene no tanto del cerebro como de las vísceras, diferenciándonos de los animales y de las máquinas.

La intuición es motivante; las señales intuitivas nos mueven a la acción, aunque hemos de poner la razón en medio y evitar la precipitación.

La única manera que han tenido los seres humanos para sobrevivir como especie ha sido desarrollar otra clase de habilidades para tomar decisiones haciendo juicios rápidos basados en la poca información consciente de la que disponemos. Parece ser que la mente opera con más eficiencia relegando una gran cantidad de información de alto y sofisticado nivel a ese inconsciente, igual que un avión puede funcionar con el piloto automático.

Todos estamos conectados a nuestra corriente subterránea de intuición pero muchas veces no nos damos cuenta de ello. Tenemos que aprender a entrar a esa corriente.

LA INTUICIÓN Y EL COACHING

Para Husserl, el padre de la fenomenología, la intuición es una forma de tener conocimiento profundo sin interferencias y sin inferencias. Según este filósofo, es posible tener una aprehensión de lo que es esencial en un fenómeno. La intuición es fundamental en la práctica de la actitud fenomenológica, pues intenta poner entre paréntesis, los juicios, prejuicios, etiquetas y demás inferencias sobre el fenómeno que estamos observando. Cuando el fenómeno que observo es mi cliente, intento en efecto verlo con profundidad. Cuanta más información obtengo de mi observación de él, de su historia y comportamiento  -sin etiquetar, sin juzgar, sin inferir-, más profundamente entro en contacto con esa realidad única e irremplazable que es ese ser humano.

Como Coach, he de recibir a mi cliente para crear el ambiente del encuentro, asumiendo con cierta valentía el momento presente en el que se aceptan las condiciones del contrato del proceso de Coaching entrándose en un juego que no puede ser controlado por ninguno de los dos.

El encuentro, cuando es verdadero, es una experiencia que genera una energía propia que llega de la interacción de ambos, y que siempre da lugar a situaciones inesperadas. El coach, en el encuentro tiene que estar dispuesto a lo inesperado. Cada acción genera otra del cliente, y viceversa; se va creando un baile que lleva la comunicación de uno a otro. Cualquier intención inicial programada por el profesional del coaching, e incluso por el cliente, va a ser superada por la dinámica misma del encuentro para llegar a ser parte de un todo. Ninguno de los dos es el protagonista del proceso; ambos son activos. Mientras cada uno vive la aventura con todos los recursos y las posibilidades de su ser, la relación crece y ambos se enriquecen.

El coach debe estar abierto a lo inesperado, renunciando a veces a entender, sólo dejándose impactar por su cliente, por su todo, tratando de captarlo como lo que es, un ser único, indivisible, insustituible en ese momento. Además de estar atento a lo que dice, a lo que hace, a su cara, sus ojos, sus gestos, a la energía que desprende.

Podemos decir entonces que cuando dos personas practican la conversación del coaching hay en realidad dos diálogos: uno consciente, lo que se dicen con palabras; y otro inconsciente, lo que se dicen con el cuerpo. Entender este otro lenguaje requiere de un aprendizaje, de experiencia y de una cierta apertura mental.

Pero, aunque no seamos capaces de percibir toda la comunicación no verbal de manera consciente (o inconsciente), parte de esa información queda allí, en el inconsciente. Cuando decimos, por ejemplo, “esta persona no me gusta” y no sabemos muy bien por qué, es posible que se deba a que estamos manejando de manera inconsciente toda la información no verbal que nos transmite y que hemos atesorado. La intuición funciona pues utilizando de manera inconsciente información del inconsciente. Es indemostrable, como también lo es la idea de que el universo está regido por leyes naturales y sin embargo llevamos más de tres siglos de desarrollo de la ciencia moderna. Sólo nos quedaría asumirla provisionalmente y ver a dónde nos lleva.

DESARROLLO DE LA INTUICIÓN

La intuición, como todo componente del carácter del ser humano  puede desarrollarse y potenciarse. Algunas ideas para ello podrían ser:

  • Confiar en los instintos: cuando se han analizado todas las opciones y no se ve una alternativa racional, la intuición es realmente  lo único  que se tiene.
  • La intuición es básicamente la rapidez con que se recurre al inconsciente, que es en donde almacenamos todo tipo de información que no recordamos conscientemente. Aprendamos a considerar con más atención esas respuestas rápidas que nos da nuestro interior.
  • Podemos aprender a entender un estímulo que nos llega de forma inconsciente, sin darnos cuenta (como ocurre con el lenguaje corporal). Se registra como un «sentimiento» que no se puede explicar en ese momento, pero que puede ser completamente válido.
  • Es importante hacernos preguntas y escuchar la primera respuesta que viene a nuestra mente.
  • Es muy aconsejable practicar la meditación, despejando la mente de pensamientos y preocupaciones.
  • Y finalmente, conviene fomentar nuestra creatividad dando paso a una escucha más fluida de esa voz interior que oímos a través de la intuición.

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