José Manuel Sánchez es una persona cercana, accesible, encantada de transmitir su experiencia y sus conocimientos. Habla con la energía de los que saben cosas que los demás no sabemos y cuando mencionamos el entorno sistémico en el que nos movemos recula hasta nuestra infancia para que reflexionemos desde el origen. Hay una sonrisa de aceptación en sus labios y cuando habla consigue ilusionar a su interlocutor.

Es socio director del Centro de Estudios del Coaching, terapeuta y coach con miles de horas de trabajo con clientes y organizaciones. Recientemente ha impartido la conferencia “Barreras biológicas y sistémicas ante el cambio”.

Dices que cuando nacemos ya estamos inmersos en un sistema que nos influye incluso antes de nuestro nacimiento.

JM: si efectivamente. El sistema de origen es el sistema de mayor influencia en el ser humano. Forman parte de él todos aquellos que existen, existirán y han existido, además de aquellos que han afectado de manera determinante al sistema. Todo lo que sucede en el sistema forma parte de nosotros al nacer y acceder a él y aquello que ha sucedido antes de nuestro nacimiento nos afecta, o bien porque son condicionantes de nuestra existencia, los sentimientos de nuestra madre mientras nos llevaba en el vientre, o procesos que han influido en el sistema previos a nuestra concepción pero que marcan la trayectoria del sistema. Compensación de daños hechos en el pasado, necesidad de reequilibrar enriquecimientos indebidos, etc
Todo son condicionantes y no puede no haberlos, con ello quiero decir que no podemos permanecer ajenos a los efectos de los sistemas. Siempre hay algún condicionante que nos afecta.

El ser humano está diseñado en su impronta más profunda y básica para sobrevivir, para perseguir la supervivencia. No para ser feliz.

¿Todas las barreras son sistémicas?

JM: En cierto sentido sí. Existen muchas barreras biológicas relacionadas con la supervivencia, pero al final el ser humano como especie, en sí, es un sistema y la supervivencia un condicionante de ese sistema tal y como está concebido. Yo diría que todas las barreras son como mínimo sistémicas y algunas además biológicas o de otra índole.

¿Cuál es la verdadera preocupación del ser humano, ser feliz o sobrevivir?

JM: interesante pregunta. La felicidad es un concepto subjetivo y complejo, mientras que la supervivencia es algo simple y básico. Si respondemos como especie biológica, la respuesta es que el ser humano está diseñado en su impronta más profunda y básica para sobrevivir, para perseguir la supervivencia. No para ser feliz. Y esto es lógico, porque para ser feliz tenemos que desarrollar una gran capacidad de introspección y gastar energía en acciones no «cortoplacistas» que es donde impera la supervivencia. Y esta serie de acciones de introspección son acciones deliberadas. Ahora bien, para poder llegar a desarrollar estas acciones y buscar nuestra felicidad, (de manera deliberada) tenemos primero que tener una cierta estabilidad en la supervivencia. Y he aquí la cuestión. Primero sobrevivir y después acceder al desarrollo y la felicidad. Ese debe ser el orden. La supervivencia es una acción automática y está siempre presente. Esto es esencial. Gracias a que esta supervivencia va a ser perseguida si o si, podemos dedicar nuestra acción deliberada a la búsqueda de sentido o de la felicidad. Los procesos de persecución de la supervivencia actúan por debajo y aseguran la misma mientras trabajo en trascender mi biología y acceder al crecimiento como persona y a la introspección que me puede abrir el camino de la felicidad.

El sistema tiene unas leyes que cumple inexorablemente, ¿Cuáles son y cómo nos afectan?

JM: los sistemas tiene numerosas leyes de todo tipo, pero la más básica es que tienden a completarse a reequilibrarse y perpetuarse. Por ello, cualquier alteración del mismo llevada a cabo por la voluntad individual de sus miembros, establece un movimiento compensatorio por parte de la voluntad del inconsciente colectivo del sistema por devolver los elementos o acciones a su lugar primigenio.
Las leyes más conocidas de supervivencia del individuo en los grupos fueron deducidas de la experiencia por Bert Hellinger y son tres: Pertenencia, orden y equilibrio.
La pertenencia es la ley primordial. Heredada a través del cerebro reptiliano nos transporta a nuestros antepasados, los primeros seres primitivos que no tenían oportunidad alguna de sobrevivir si no estaban en el grupo. El intento individual de salir adelante, era la muerte segura. Solo la fuerza común del grupo daba alguna posibilidad de futuro. Esto instintivamente lo arrastramos hasta nuestros días y la necesidad de pertenecer está en nosotros en el mismo nivel de prioridad que la supervivencia, incluso mayor. Estamos dispuestos a arriesgar la vida con tal de pertenecer, eso nos da una oportunidad de sobrevivir, mientras que no pertenecer es garantizar la muerte.

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En nuestros días, esa pertenencia ya no determina la muerte de la misma forma. Puesto que la sociedad se ha vuelto tan compleja que pertenecemos con mucha facilidad y la no pertenencia es muy difícil que se produzca. Así mismo además, al sistema de origen, por su propia índole, no podemos dejar de pertenecer aunque queramos. Sin embargo nosotros en el día a día no lo vivimos así. Nuestro cerebro reptiliano, idéntico al de nuestros antepasados primigenios, sigue gestionando el riesgo de no pertenencia como mortal y no distinguimos entre el riesgo ante una fiera de hace miles de años al riesgo de que mis padres estén descontentos conmigo o que mi jefe me eche la bronca o simplemente afrontar cualquier conflicto.
El orden también es otra ley sistémica de los grupos. Saber a qué atenernos, lo que se puede o no se puede hacer, cuales son las reglas del juego es algo que necesitamos para poder sentirnos seguros. Si no conozco lo que se debe o no se debe hacer en el grupo, corro el riesgo de hacer algo indebido y terminar siendo expulsado y dejar de pertenecer.
Finalmente estaría el equilibrio entre el dar y el tomar. De nuevo, la ausencia de equilibrio me lleva a sentir en riesgo la supervivencia. Si doy más que recibo, siento que se me está tolerando, que estoy comprando la pertenencia y que en cualquier momento si reduzco algo mi acción de dar, seré expulsado ya que no pertenezco realmente sino que se me acepta por lo que aporto. Si por el contrario recibo más de lo que doy, esto deja a los otros con demasiado poder sobre mí y además no siento que me esté ganando el lugar. Mi pertenencia puede ser siempre objeto de duda, no valgo tanto como se gasta en mí. En el día a día de nuestras vidas, la necesidad de estar en equilibrio se ve evidenciada. Todos podemos darnos cuenta de como sentimos la incomodidad de deber algo o de que no se nos compense algo. Esta necesidad es tan fuerte que puede romper parejas o amistades y es uno de los elementos fundamentales en la relación laboral.

Todos podemos darnos cuenta de cómo sentimos la incomodidad de deber algo o de que no se nos compense algo. Esta necesidad es tan fuerte que puede romper parejas o amistades y es uno de los elementos fundamentales en la relación laboral.

¿Qué efectos tiene el hecho de que los humanos seamos tan dependientes después de nuestro nacimiento, hasta los 8-9 años, mientras que el resto de animales esa dependencia no pasa de unos meses?

JM: el efecto es contundente. Nazco y el entorno se convierte en algo distinto de mí. En el vientre de la madre, el entorno y yo somos una misma cosa, el entorno está a mi servicio y el de mis necesidades. Fuera del vientre materno, el entorno, el mundo real, me desafía, hambre, frío, dolor, todo esto sucede sin que yo pueda evitarlo. Soy además consciente de que no puedo valerme por mi mismo. Soy una especie desvalida en los primeros años de existencia y debo establecer una estrategia que haga que el entorno me dé el sustento y cuidados necesarios. Es decir, debo manipular al entorno para que gaste su energía en mí. Y el entorno está representado por los adultos que en ese momento me rodean. Normalmente las figuras parentales, padre y madre, pero pueden ser otras que las circunstancias de la vida del bebé determinen. Abuelos, tíos en el caso de fallecimiento de los padres, etc.

La manipulación en ese momento que se inicia es doble. El niño se transforma en aquello que cree que los padres quieren que sea, para ser querido y va poco a poco, rechazando u ocultando de sí mismo todo aquello que siente que no se valorará o que si sucede, será objeto de rechazo y de expulsión del sistema. Esto fabrica nuestra neurosis y muchas de las barreras que después impedirán nuestro desarrollo y crecimiento, pero es un proceso natural, porque esa estrategia, siendo niños, resultará imprescindible para nuestra supervivencia y no se convertirá en un problema hasta que, de adultos, nos resistamos a soltarla.

¿De qué tenemos miedo?, ¿El cambio es doloroso?

JM: Yo diría que tenemos miedo a la nada. A todo aquello que nos pone en contacto con la posibilidad de no sobrevivir. No es tanto un miedo a la muerte que nos puede venir de múltiples manera sobrevenidas, como miedo a “no sobrevivir” a reducir nuestras posibilidades de supervivencia futuras.
Esto nos lleva a querer garantizar la seguridad futura y para ello, pretendemos controlar la realidad, predecirla, domesticarla para que se adapte a nuestras necesidades. Hemos ideado en nuestro cerebro una identificación de la realidad que nos mantiene a salvo. Naturalmente esta identificación no es real, ninguna lo es, la realidad es algo mucho más grande, es más bien una reducción de la realidad para poder tenerla bajo control. Cuando el mundo nos devuelve acontecimientos, acciones y reacciones que no se corresponden con nuestra identificación, se produce una brecha entre nuestros deseos y los hechos que nos confrontan y esa diferencia se transforma en tensión y sufrimiento.

Así que al final, nuestro miedo deja de estar relacionado directamente con la nada o la no supervivencia, o con la necesidad no cubierta, y se va desplazando neuróticamente al síntoma en lugar de la causa y finalmente tememos sufrir, tememos al dolor que nuestro cuerpo experimenta cuando sufrimos.
Este traslado neurótico de la causa real del dolor, la necesidad no atendida, a su identificación con el sufrimiento en el cuerpo como si el síntoma fuera en si una causa, nos lleva a hacer cualquier cosa por eliminar el sufrimiento, dejando a la necesidad latente, desatendida una y otra vez y provocando que los hechos nos vuelvan a traer los mismos desafíos con forma diferente hasta que seamos capaces de solucionarlos.
Y esto se relaciona directamente con tu segunda pregunta ¿el cambio es doloroso? La respuesta es sí.

El cambio real o transformacional del ser humano, el que lo hace crecer, nunca es un cambio consecuencia de añadir cosas. Sumar o añadir es algo que el ser humano sabe hacer bastante bien. El problema del cambio nos viene cuando se trata de “soltar” cosas. De dejar atrás creencias que tenemos identificadas con lo que somos. Naturalmente que somos algo mucho más allá que nuestras creencias y éstas solo son parte de nuestra identificación de la realidad, pero ni son la realidad ni son parte esencial de nuestro ser. Sin embargo nosotros no lo vemos así y terminamos fusionando nuestro ser con esos juicios o credos. Soltar estos juicios, nos da vértigo, ¿Si dejo de ser eso, en qué me convertiré? Nos acerca la nada que creemos que hay debajo de nuestra identificación y la nada es sinónimo de no supervivencia. Por tanto el cambio siempre supone vértigo y dolor. Y dependiendo de la forma en la que nos aferremos a esos credos que debemos soltar, también mucho sufrimiento.

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En ocasiones, crecer o cambiar, supone asumir que dejamos de ser dóciles con los mandatos familiares o con los principios del sistema al que pertenecemos y acceder a ese lugar en el que podamos actuar de forma diferente y darnos permiso para ser legítimamente individuos independientes. Esto sucede normalmente con una punzada de dolor y de culpa. La culpa de ser un hijo o una hija que está actuando en contra de la voluntad de sus padres y ha dejado de satisfacer las necesidades de sus padres. Este es el precio de la madurez y el crecimiento.
Esto en la vida cotidiana nos permitirá responder o atender a nuestras necesidades en ocasiones en contra de las necesidades de otros y asumir las consecuencias. En lugar de ceder y responder a las necesidades de los demás para que nos quieran y sentirnos aceptados.

Si la influencia externa del sistema es tan definitiva, ¿Qué podemos hacer para efectuar los cambios que nos coloquen “en una mejor posición” al menos?

JM: el primer paso es “tomar conciencia”, darse cuenta y reconocer lo que esté sucediendo tal y como es. Quizá un enredo sistémico con mi padre o mi madre, una emoción del sistema, una identificación con un excluido, un problema de orden que se ha venido perpetuando en el sistema en forma de patrón. Sea lo que sea, aceptar que existe, que se está dando y aceptar el por qué, así como la parte de la propia responsabilidad en ello, es un primer paso.
A partir de la toma de conciencia, debemos aceptar que solo podremos crecer y sanar nuestras neurosis si sanamos la relación con el sistema de origen que es el causante de la mayor parte de nuestros conflictos o enredos sistémicos.
Volver la vista hacia el río de la vida que nos nutre desde nuestros antepasados y reconocer que son la fuente de lo que somos tal y como somos y aceptar que rechazarlos a ellos es rechazarnos a nosotros mismos, es un comienzo que nos acerca a la recuperación de la confianza básica, la necesidad de estar en paz con nuestras raíces y alimentarnos de ellas y no buscar el sustituto de esta necesidad en otro lugar.
De pequeños, quisimos satisfacer las neurosis de nuestros padres y esto provocó la nuestra. De adultos exigimos la compensación a nuestros padres, de manera expresa o tácita, de que nos devuelvan aquello que cedimos en nuestra estrategia de supervivencia. Como si nosotros sintiéramos que somos capaces de ser mejores padres que ellos. Pero este no es el camino, nuestros padres en su esencia lo hicieron lo mejor que pudieron o supieron, ser padres no les hace sabios u omnipotentes. Tan solo son unas personas que han nacido unos cuantos años antes que nosotros. Y los hijos ya adultos, debemos inclinarnos ante la vida y dejar de pedir a nuestros padres que hubieran sido diferentes. Nuestro papel es agradecer y aceptar y no exigir poniéndonos por encima.
Todos tenemos la necesidad primigenia de tomar a nuestros padres y estar en paz con ellos y no atenderla supone un sufrimiento que después, neuróticamente, cubrimos con otro tipo de acciones que simplemente combaten el síntoma pero no la causa. Pedimos a nuestros hijos la compensación de nuestros padres y con ello perpetuamos el patrón, o le pedimos a la pareja, o a adicciones de todo tipo. Adicciones o acciones que no sacian nunca la sed que solo puede ser cubierta bebiendo de la fuente, del río de la vida.

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