Todo proceso de coaching supone un proceso de aprendizaje, pero este aprendizaje no se da siempre en el mismo plano o de la misma manera.

Hay un aprendizaje que podríamos llamar explícito, que ocurre cuando utilizamos determinadas herramientas, como la tormenta de ideas o la línea de la vida; cuando hacemos preguntas y el coachee descubre algo nuevo sobre sí mismo, sobre sus recursos, sus acciones o sus creencias limitantes; cuando hacemos un ejercicio de visión, definimos objetivos o prioridades; cuando el coachee lleva adelante su plan de acción y sale de su zona de confort para poner en práctica nuevas acciones, que le llevan a consolidar nuevos hábitos, etcétera.

El aprendizaje explícito se produce como consecuencia de una acción más o menos planificada, que se prepara previamente, con unos objetivos, una estructura, un proceso, etc.

Y luego hay otro aprendizaje más sutil, menos evidente, que podríamos llamar implícito, porque no es tan visible, no está tan en la superficie, no se produce como resultado de una acción planificada.

Sin embargo, el aprendizaje implícito transcurre a lo largo de toda la sesión, está siempre presente y es, si cabe, mucho más importante que el aprendizaje explícito.

El aprendizaje implícito es un aprendizaje por modelado, se produce por resonancia, de manera natural, no requiere la participación de complejos procesos reflexivos, análisis profundos o estudios previos. Es fruto de la experiencia, de la vivencia y de la propia interacción.

Pensemos en nuestra infancia y en la cantidad de aprendizajes que hemos integrado a través de esta vía, como resultado de nuestras vivencias y de las personas con las que nos relacionamos: principios, valores, creencias, prioridades, necesidades, elementos relacionados con la inteligencia emocional, etcétera.

La sesión de coaching es también un escenario muy adecuado para generar importantes aprendizajes implícitos, que serán más potentes en la medida en que, como coaches, seamos capaces de generar una fuerte resonancia con nuestra presencia, con nuestra manera de escuchar, de comunicarnos, de aceptar incondicionalmente a nuestro cliente sin juzgarle, creyendo en él y devolviéndole, una y otra vez su responsabilidad.

Veámoslo con algunos ejemplos:

Como coaches, nos entrenamos para escuchar profundamente a nuestros clientes y a menudo, recibimos el feedback de que la conversación les ha gustado porque no se han sentido juzgados en ningún momento. Esta experiencia genera aprendizaje implícito o aprendizaje por modelaje. Es muy habitual que los clientes de coaching mejoren su escucha después de un proceso de coaching, aun cuando el tema de la escucha no ha formado parte de los objetivos identificados al principio del proceso. No es necesario que el cliente reciba información explícita sobre técnica de escucha para mejorar en esta competencia. La experiencia de sentirse profundamente escuchado, comprendido y no juzgado, genera aprendizaje por sí misma.

A menudo hacemos preguntas que obligan al cliente a poner la atención en aspectos de sí mismo que le son poco familiares o que desconoce. Por ejemplo, cuando le preguntamos por el mundo emocional, aprende a diferenciar matices emocionales, enriquece su vocabulario emocional, entiende mejor qué le pasa, con qué lo relaciona, qué lo desata, etc.  De nuevo, este aprendizaje se produce de manera natural, a través del modelaje y de la propia experiencia, sin necesidad de transmitir conocimientos técnicos.

Cuando confrontamos a nuestro cliente con nuestras habilidades de coach y lo hacemos con firmeza pero sin agresión, sin enganches típicos del ego, él aprende algo de eso, aprende que la confrontación es posible, que las relaciones pueden fructificar y crecer cuando la confrontación se hace desde un lugar adecuado, que los límites pueden marcarse sin hacer daño e incluso generar algo bueno. De nuevo, podemos decir que aprende por resonancia, no tenemos que entrar en complejas explicaciones teóricas sobre el apoyo y la confrontación. El aprendizaje, simplemente, se produce.

Tomar conciencia de la existencia de este aprendizaje implícito o por modelado, es muy importante para los coaches, que aprendemos a dar cada vez menos explicaciones y a dejar, simplemente, que sucedan las cosas. Para que esto ocurra, debemos avanzar en nuestro propio proceso de crecimiento personal y desarrollar la mejor actitud que, como coaches, podemos desplegar ante nuestros clientes: una actitud impecable en la que cultivamos la presencia, la aceptación incondicional, la escucha profunda, la autenticidad y la responsabilidad.

Por este motivo, es frecuente que al principio de nuestra carrera profesional nos apoyemos mucho más en el aprendizaje explícito para ir avanzando progresivamente, a medida que mejoramos nuestras competencias, hacia un aprendizaje mucho más implícito.

Dos reflexiones más para finalizar esta distinción:

La primera es que la idea del aprendizaje por modelado se extiende a todos los ámbitos de nuestra vida y afecta a todas las relaciones: parejas, padres, managers, etc. Todos tenemos la capacidad de influir e inspirar a otras personas a partir de nuestra actitud vital, nuestra presencia, nuestra manera de comunicarnos.

La segunda reflexión, que se deriva de la anterior, es que este es un camino de ida y vuelta. Es decir, que afecta a ambas partes. Como coaches, también nos vemos influidos y aprendemos constantemente de nuestros clientes y esta es una de las grandezas de nuestra profesión.

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