CIERRA LOS OJOS. SIENTE TU CUERPO

Por Luis llorente

Cierra los ojos. Piensa en la última vez que bailaste. Da igual si bailas bien o mal, simplemente recuerda la sensación, el movimiento, tu cuerpo al ritmo de una música, tus brazos y tus piernas y hasta tus vísceras llevando un compás,  el cuerpo sentido en el cansancio, en el peso, en la estatura, en la repercusión de tus partes internas. Siente cómo te dejabas  llevar por el movimiento y recuerda la alegría que te proporcionaba, sentir el ritmo de la música, quizá formar parte de una coreografía en la que otros cuerpos cercanos al tuyo están experimentando lo mismo.

Sí, es tu cuerpo. Ese gran desconocido que te soporta a diario, que procura encajar lo mejor que puede tus caprichos, que te acompaña en tus emociones, en tu frenética vida. Ese elemento que no es de usar y tirar.

Mantén los ojos cerrados y agradécele todo lo que hace por ti, por tu mala cabeza, por tu salud.

Quizá está muy gastado eso de decir que cuerpo y mente están íntimamente unidos, pero considerarlo de otra manera es impropio a la luz de todo lo que se ha investigado. En todas las disciplinas terapéuticas y profesiones de ayuda, la atención a todo lo corporal se va imponiendo y en ocasiones no es algo complementario sino con tanta importancia como la de el pensamiento y el cerebro o más.

En el cuerpo también están grabadas todas las vivencias del ser humano y actúa como un auténtico disco duro: vamos cargados de hombros si las preocupaciones nos acechan, o sacando pecho cuando  nuestra vida es exitosa. Por tanto nuestra postura corporal habitual da muchos indicios de nuestro carácter. Por otra parte es también una alarma muy efectiva, lista a dispararse cuando la mente está en dificultades. Y finalmente también  es una fuente de placer, cuestión muy importante para los humanos.

En el crecimiento de la propia conciencia el coach podrá ayudar a otros a reconocer la suya. Despertar la conciencia corporal y emocional hará integrar su información en la vida diaria.

En la escuela donde aprendí a ser coach, cuando comenzamos a realizar ejercicios corporales sentí vergüenza. Era algo tan alejado a todo lo que yo había hecho con el cuerpo, como el deporte, o la actividad diaria casi inconsciente… Nunca me había parado a pensar que determinadas emociones se expresaban a través del cuerpo, nunca me había parado a mirar microscópicamente cómo funcionaba esa máquina que soportaba mi vida. Y mirarlo así por primera vez y que lo miraran otros, probablemente me coartaba bastante.

Pero en la formación de coaching  es fundamental aprender todo lo que nos ofrece el lenguaje corporal, las claves que nos da sobre las personas a las que acompañamos. Es importante para nuestra actividad y para nosotros mismos porque desde luego, para trabajar desde el cuerpo, el coach necesita conocer el suyo, aprendiendo a habitarlo, a oír lo que dice, a activarlo. En el crecimiento de la propia conciencia el coach podrá ayudar a otros a reconocer la suya. Despertar la conciencia corporal y emocional hará integrar su información en la vida diaria. 

Es importante educarse en distinguir todos los  mensajes que nos lanza a la conciencia: respiración, sensaciones, tensiones, posturas, gestos y movimientos que sirven de ayuda para identificar actitudes corporales que limitan nuestras posibilidades y nuestra sensación de bienestar.

El reto es saber trabajar con nosotros mismos y con los clientes desde el cuerpo, para conseguir ayudar a un “cambio de observador” y así iniciar una apertura hacia nuevas posibilidades de ser y de hacer.

El coach aprende a crear sus propias herramientas corporales para aplicarlas en aspectos emocionales, racionales, corporales, y energéticos. Al llevar parte de nuestra atención a nuestro cuerpo creamos un espacio de observación, reflexión y aprendizaje.

Ejemplos dentro de la práctica profesional puede haber muchos: Al inicio de una sesión, procuro fijarme mucho en qué es lo que me cuenta mi propia conciencia corporal y la de mi cliente. Aprecio sus movimientos, cómo me saluda, cómo se sienta y que hacen sus manos hasta que comenzamos. Si detecto a través de toda esa información de su estado físico algún estado de ánimo no positivo, puedo actuar desde el principio y de una forma sencilla y rápida ayudar al cambio de estado de ánimo variando simplemente la postura. Podemos empezar por comentar esas señales de decaimiento o de nerviosismo. Y trabajar la postura poniendo al cliente en una posición erguida, con los hombros hacia atrás, respirando hondo y profundo varias veces, haciendo que levante la mirada; con esta simple maniobra se está enviando un mensaje al cerebro de vitalidad, de acción, de movimiento y de más felicidad. La sesión podrá abrirse a nuevos caminos que no empiecen por ese estado inicial.

El conocimiento de la corporalidad, que según Merleau Ponty es “cuerpo vivido, cuerpo animado, cuerpo en relación al mundo”, es una potente ayuda en el ejercicio del coaching y, repito,  es imprescindible el conocimiento de nuestro propio cuerpo, tener la conciencia de cuánto influye en nuestra manera de trabajar o de vivir, de ser,  creyendo firmemente en cómo crece nuestra efectividad como coaches cuando abordamos estados emocionales del cliente.

En próximos trabajos desvelaremos más sobre la práctica en la sesión y sobre el trabajo corporal del propio coach y lo que necesita para incorporar esta disciplina con naturalidad a la práctica del coaching.