Ya hemos hablado en otras entradas de este blog de la necesidad de intervenir a través del cuerpo del cliente como su yo integral si queremos realmente que éste exprese su mayor potencial. También hemos comentado que dejar fuera de la intervención del coaching los aspectos corporales es dejar fuera una parte esencial del cliente y en muchas ocasiones la parte de éste que posee la mayor cantidad de información de lo que está ocurriendo.

El cuerpo es el lugar donde se almacena la información sincera de lo que nos sucede. La mente suele ser mentirosa y busca una posición decorosa como protagonista de nuestra vida. Las emociones son cambiantes y a veces caprichosas, pero el cuerpo es honesto y sincero, posee la cruda información de lo que nos sucede en el aquí y ahora.

De igual manera el cuerpo posee la información de lo que nos ha pasado en nuestra biografía y especialmente de aquellos acontecimientos que no fueron correctamente gestionados o tolerados. El cuerpo protege al individuo al encapsular estos acontecimientos y generar una estructura adaptativa adecuada para sostenerlos y sobrevivir al día a día.

Para poder intervenir corporalmente, el coach debe trabajar su propio cuerpo, a modo de antena, sintonizarse y desarrollar nuevas distinciones corporales que le permitan estar presente en la sesión abriendo también el campo de lo corporal.

Abrir el campo corporal supone, antes de nada, el autoconocimiento corporal del coach. El desarrollo de la propiocepción, de la percepción corporal, el estudio de una serie de contenidos teóricos sobre el lenguaje y la información del cuerpo y el análisis del comportamiento del propio cuerpo en el canal relacional o el encuentro con el otro.

Cómo soy yo conectado con mi cuerpo y con la información disponible que éste me puede dar cuando estoy conmigo mismo o cuando estoy con alguien. Y cómo estoy ahí con esa información cuando las formas de estar con ese alguien son diversas, con diferentes grados de exposición, vulnerabilidad, necesidades, etc… en definitiva los encuentros de la vida.

Y finalmente cómo soy yo en conexión con mi cuerpo y mis necesidades, como estás se hacen conscientes en mi a través de la información corporal y como afloran y reconozco la presencia de las emociones, incluso las más sutiles y de los pensamientos o juicios que las crearon y que están asociados a ellas.

Todo esto es esencial para poder abrir el campo corporal y emocional en la sesión de coaching y así dotar de espacio para la aparición de juicios o necesidades antes no reconocidas, inconscientes o reprimidas.

El cuerpo abre todas estas puertas y “el portero”, el coach, debe conocer su idioma y tener el propio canal corporal limpio para generar esta posibilidad.

Para ello el coach debe trabajar su conexión. La conexión con su yo interior y su cuerpo. La propiocepción y su relación con los procesos emocionales y cognitivos.

Esto se hace a partir de la posición de quietud. Parados podemos aprender más fácilmente a conectar. A través de ejercicios de conciencia corporal y conexión con los tres dominios, los futuros coaches corporales van ampliando la conciencia de quienes son, integrando también su cuerpo y la información que ofrece. La posición de reposo o de quietud favorece esta posibilidad. Es en el movimiento cuando esta conexión se pierde y pasamos de nuevo a disociarnos y quedarnos, o en las exclusivas sensaciones corporales o en las emociones anejas o enredados en los procesos mentales. El movimiento supone la interacción e intercambio homeostático con el exterior y por tanto la posibilidad de perdernos de nosotros mismos. Especialmente en el encuentro con los otros.

Por ello, el trabajo es desde la quietud al movimiento más sutil. Para trabajar mantener la conexión en este movimiento inicialmente leve. En cuanto surge la desconexión, podemos parar, tomar una pausa y reconectar. Esta es en sí una herramienta indispensable en la vida y muy útil para los clientes en el desarrollo de sus procesos.

Una vez que hemos aprendido a mantener la conexión en el movimiento leve, iniciamos un movimiento ya evidente y podemos ir trabajando la dificultad para mantener la conexión y la necesidad de tomar pausas para retomarla para finalmente entender que esa conexión en movimiento, también se mueve, es dinámica, no estática y se pierde y se recupera constantemente.

Así, en las sesiones, si el coach está conectado, podrá abrir el campo y el cliente tendrá opción de adentrarse en un lugar, en principio desconocido para él, como es la dimensión corporal. Pero para poder ir hacia el cliente y conectarse con el cliente el coach tendrá que aprender el concepto dinámico de la conexión consigo mismo y así poder soltarla para adentrarse en el universo de su cliente, escuchar profundamente y volver a sí mismo para retomar la conexión en el nuevo lugar que el campo de la sesión vaya generando y así iniciar un baile con el cliente en el que exista conexión y en el que se mantenga el campo abierto, al mismo tiempo que el cliente se siente acompañado y visitado en su propio campo vital.

El trabajo sutil es el único camino hacia la conexión corporal, sostenida después en la dinámica del movimiento como conexión no estática, flexible y generativa. Y es la respiración lo que convierte al movimiento en orgánico y capaz de sostener el campo de aprendizaje y crecimiento que supone el encuentro con el cliente en una sesión de coaching.

José Manuel Sánchez

José Manuel forma parte del equipo docente del curso de Especialización en Coaching Corporal Su pasión es el coaching y el desarrollo humano en el ámbitoprofesional. Actualmente se dedica al desarrollo directivo y al coaching individual y grupal. Coach PCC por la ICF, formado en coaching ejecutivo, coaching de equipos y coaching sistémico, Constelaciones organizacionales y familiares, Gestión emocional, terapia Gestalt, Mindfulness, Focusing, Movimiento esencial, Seitai, Escuela de la respiración y Terapia Corporal Integrativa.